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sábado, 31 de agosto de 2013

¡¡¡Chsssss!!!

Soy una "mala" madre. Lo se. Lo asumo. Lo tengo interiorizado.

He mando "extraditados" a mis hijos con su progenitor unos pocos días (pocos, muy pocos) al pueblo de los abuelos paternos y he disfrutado de la vida del silencio.

La verdad es que llegar a casa y no escuchar los gritos de mis infantes ha tenido su lado bueno (¡¡madre mía que paz!!) y su lado menos bueno: nadie se alegraba de mi llegada.

Al abrir la puerta no se escuchaba nada. Nada de gritos, nada de llantinas sin motivos serios. Nada de nada. Reinaba la calma y el orden. El suelo de la cocina seguía siendo blanco, igual que lo había dejado por la mañana. Los cojines del sofá seguía ordenadamente en su sitio. Los tiradores de las puertas no estaban pringosos. Nada. El lavavajillas no se ha llenado en segundos. La lavadora había estado 3 días de vacaciones. Las duchas contra reloj se habían convertido en baños tranquilos.

Las comidas, las cenas, la hora de regar, han sido remansos de sosiego...

Si es cierto que sentía cierto escozor en el alma al levantarme antes de amanecer para ir a trabajar y ver sus camas vacías, sus juguetes huérfanos de pequeños dueños.

En esos tres días, no he tenido abrazos ni besos de buenas noches, no he tenido invasión de colchón a altas horas de la madrugada, no sabía que hacer con tanto espacio para mi sola en la cama...

Me sentía mal por estar tan cómoda sin ellos. Pero a su vuelta y al coincidir con otras mamas en el parque, que habían extraditado también a sus retoños, pero más días, pensé: "Soy tonta". Al año que viene los coloco fuera de casa un mes.

Así apreciaré mejor si realmente los echo de menos.


jueves, 8 de agosto de 2013

No dejes de mirarme.



Me enamoré de tus ojos y de tu forma de mirar más allá de lo que veían el resto. De tus miradas de soslayo para escrutar cada uno de mis movimientos.
De tus miradas furtivas, cuando creías que no te estaba mirando.
De tus miradas de compasión, acompañadas de palabras de cariño, cuando más lo necesitaba mi cansado cuerpo.
De los días y días, de las horas interminables en que me estabas viendo a pesar de no estar ni tan siquiera a mi lado, de estar a kilómetros de distancia, pero ser capaz de ver todo al otro lado del casi infranqueable muro.
Me enamoré de tu forma de mirar y reírte, de mirarme con ternura. De fijarte en mis actos y tratar de no juzgarme por ellos. De lo que callaron tus palabras pero me decían tus pupilas.
De mirarme para fijarme para siempre en tu recuerdo. 
De mirar en la misma dirección que mis ojos, para ver juntos lo mismo. 
De ver el lado oscuro y no salir corriendo.
De tragarte la pena y la rabia y no mirar para otro lado.
Me enamoré de todas y cada una de tus miradas, de las de reproche, de las de ojos humedecidos, de las divertidas y las tristes, que te hacían más humano. De las de dudas. Y de las de ira, con todo lo que ellas implicaban.
De las de generosidad infinita.
De mirar en silencio, sin que nada más hiciera falta.
De las de complicidad rodeados de desconocidos. De las miradas divertidas y de las miradas por encima de la montura de tus gafas.
De todas y cada una. Una a una. Todas diferentes. Todas. Y de una.

Por eso, no dejes de mirarme, aunque tengas los ojos cerrados.


martes, 6 de agosto de 2013

Hasta donde el miedo nos ata.

Cuando era pequeña , tenia un pájaro al que enseñé a volar.

Vivía en una jaula con barrotes dorados y con un tejado de color naranja en forma de pagoda china.  Mi pájaro era un pájaro común. No era ni siquiera de una clase especial. Era como todos, con un pico, dos alas, dos patitas y plumas.

Pero mi pájaro sabia cantar.

Me lo habían regalado para que me hiciera compañía en mi obligatorio reposo domicilario. Cuando llego a mi lado, a mi casa, era joven. Pero sabia lo que tenía que hacer y me alegraba las mañanas con sus trinos y la potencia de su canto.

A veces, resultaba ensordecedor.  A veces pensaba que iba a explotar con tanta demostración de felicidad.

Otros pájaros se acercaban a comer lo que rebosaba de su comedero. Y yo, su dueña,  siempre procuraba que no le faltara agua fresca para aclararse la garganta y que su pico y sus uñas estuvieran perfectamente limadas.

Miraba con curiosidad cómo sus delgados tobillos eran capaces de mantener su emplumado cuerpo. Me gustaba que se alegrara de verme llegar y me animaba escuchar sus trino según subía por las escaleras hasta la casa de mis padres, esas escaleras que tanto me costaba subir. Esas escaleras que tanto miedo me daban tener que  bajar.

Un día me dio pena que viviera siempre enjaulado, que sus alas solo le sirvieran de adorno y decidí que era el momento de dejarle probar la sensación del vuelo. Sabía que había nacido en cautividad, que había pasado de una jaula a otra, que nunca había conocido otra cosa.

Pero había llegado el momento, aún a riesgo de que lo perdiera para siempre. Aunque había tomado ciertas precauciones: la primera vez que le iba a soltar, sería en una habitación.

Me acerqué a su bonita jaula y abrí la puerta. Se asustó y se fue a un rincón. Así permaneció durante horas, con la puerta de la jaula abierta, sin moverse, ni acercarse. Pero algo debió de acelerar su curiosidad, porque se acercó poco a poco a la salida, hasta que se atrevió. Voló unos centímetros y se posó asustado mirando desde fuera lo que durante meses había sido su encierro.

Repetimos la experiencia varias veces, durante meses y me gustaba verle volar y volver a mi. Pero un día me fui de casa de mis padres y nunca más nadie le dejó volver a salir... Mi madre me dijo que poco a poco había dejado de cantar, que ya no estaba tan alegre. "Se hace viejo, está perdiendo las ganas de seguir", me decía ella.

Un día mi madre me dijo que se había muerto. Que había ido a ponerle alpiste, como si ese fuera el único alimento que necesita un pájaro y que estaba tumbado de lado en el suelo de su bonita jaula de barrotes dorados y tejado de color naranja en forma de pagoda.

Pensé: "si, se ha muerto, pero al menos ha experimentado lo que era el vuelo libre, ha alegrado con su canto la soledad de mis muchas mañanas y su vida ha sido un poco diferente a otros iguales que él".



"Hola. Me llamo M. Vivo en una pecera".




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