martes, 1 de julio de 2014

Amor mudo.

He tenido el privilegio de estar unos días de vacaciones.

En el hotel en el que estaba, coincidía con una pareja de chicos que se comunicaban por lengua de signos. 

Nada especialmente extraordinario.

Uno de los días volví a coincidir en la playa con ellos.



Parapetada tras mis gafas de sol los observaba.

Recordando mis días de clase sobre deficiencias auditivas y lengua de signos, trataba de entender su conversación.

Me fascinó como se miraban. Sus ojos hablaban más que sus manos.

Sus labios se rozaron en un corto beso y siguieron hablando sin necesidad de sonidos.



Desde entonces no dejo de pensar en los amores silenciosos, los que no pueden ponerse en voz alta, ni ser escuchados. 
Ni ser oídos.
En los amores que guardan silencios infinitos, de días mudos. De gritos sin gritos.
De palabras adormecidas. De amor bañado en silencios. De declaraciones del corazón entretejido entre los dedos.
Hay muchos amores de estos. Amor de silencio. Amor entre parejas del mismo sexo. Amor a escondidas. 
De días de gestos. De noches sin escuchar "buenas noches". De amor, sin poder que decir: "te echo de menos".

martes, 24 de junio de 2014

Nubes sobre Marrakech.

El día ha empezado extremadamente temprano. 
La alarma del móvil me ha arrancado una vez más de los brazos de mis sueños, antes de la salida del sol. Como otras tantas veces.
Pero esta vez no es para conducir hasta el trabajo.
Aún faltan varias horas para que salga el sol. Todo estaba preparado desde hacía un par de días: la ropa, las maletas, las ilusiones...
Los nervios de los niños, aún medio dormidos, se han acrecentado en el aeropuerto.
Es su primer vuelo para ambos. Es mi primer vuelo como madre.
Un poco desquiciados, dejamos el coche para que se lo lleven, con la muda sensación de que igual no lo volvemos a ver.
Traspasamos las puertas al mundo de la aviación.

Gentes con maletas.
Algunos con prisas.
Caras de sueño.

Lágrimas contenidas con sabor amargo de despedidas definitivas.

Facturamos rápidamente el equipaje. Mi hija le da un beso a las maletas antes de que se vayan por la cinta transportadora y desaparezcan de nuestra vista. Yo casi hago lo mismo.
Primera de las múltiples visitas a las "toilettes" antes del despegue.
Desayunamos. Bueno, eso es mucho decir.
Y nos vamos al control de accesos. Primero pasa el papá por el arco de seguridad. Luego el preguntón. A continuación la peque, que se queda parada en pleno arco detector y empieza a reírse. A los que están esperando detrás para pasar también, no les hace ninguna gracia.
Me piden que la ayude a pasar "al otro lado". Papá acude a su rescate. Me toca mi turno. Y como era de esperar, soy cacheada. Perdón, "inspeccionada". Muy respetuosamente "inspeccionada". Ya no me acordaba que iba a ser algo inevitable.
Ya "al otro lado" buscamos la puerta de embarque.
Hay varias visitas a las "toilettes".
Hay varias carreras persiguiendo tiernos infantes.
Fuera ya empieza a clarear el día.
Toca finger y acceso.
Los peques reparten su estado entre los nervios y la emoción a partes iguales.
Nos acomodamos. Bueno, eso es mucho decir también.
Filas de tres asientos nos esperan.
Hay retraso para el despegue. Y no se quien tiene más nervios mientras el comandante imprime velocidad sobre la pista.
Le doy la mano a mi pequeño libra para que se sienta algo más tranquilo. Pienso en otra situación que anhelo vivir.

Un.
Dos.
Tres.
¡¡¡Volamos!!!

Respiro aliviada y un poco melancólica. Tenía "mono" de vuelo.
Miramos por la ventanilla para constatar que el mundo se reduce bajo nuestros pies.
Es una nueva experiencia para los más pequeños. Y recuerdo del último vuelo, para los más mayores.
El mundo empequeñece y yo me alejo.
Siento una mezcla rara entre ilusión y cierta pena. Fácil de explicar, pero no es posible ponerlo en palabras. Pero lo que siento lo ahoga todo.
La tierra queda en nada y volamos sobre el Atlántico.
Me dedico a escribir mientras los niños se han dormido.
Miro por la ventanilla. Sólo hay nubes bajo mi mirada. A pocas millas de Marrakech.


El sol me deslumbra unos instantes. Y yo sólo quiero ahora que mi mente quede en blanco, como esa masa que emula el algodón, como ese agua no sólida.


Abajo, muy cerca, mis riads, mi lujo soñado. Arriba deseando no ir sola. Y entre medias, tú, esperando.

domingo, 4 de mayo de 2014

Con el alma muda.

Estoy inmersa en una de esas temporadas existenciales de silencio de ánimo.

No hablar. No pensar. No sentir.

Tengo el sentimiento en estado de standby continuado.

Sin poder dormir. Sin opción de descansar.

No quiero compañía. No quiero conversación. No quiero compasiones, ni consejos bien intencionados.

Sólo quiero pasear por calles que me ofrezcan rincones sencillos. De serena belleza. Muda como yo.





Me conformo con descubrir algo bello y original atravesado en mi camino. 

Descubrir que de algo muerto, siempre puede albergar un hueco para la vida.





Sólo quiero mirar al cielo y ver como se deshacen las nubes en estelas, atravesando el cielo como pluma de ángel desvencijado.



Que me caldee el corazón, sólo el sol, sólo el paso de los días.

Acomodar mi paso al ritmo que el dolor me impone.

Deslizarme por la pendiente del viento. Que su murmullo acalle los gritos de furia que me asolan.

sábado, 3 de mayo de 2014

Cuando ruge la marabunta.

¡¡Que bonita esa película!!

Ese Charlton Heston, en plan macho alfa defendiendo su hacienda y esa Parker (Eleanor), toda digna ella defendiendo con mucha elegancia su pasado sexual. Vamos, como la vida misma.



Todo sería muy de cine, si no fuera porque en mi casa la estamos viviendo un día si y otro también una versión alternativa de la película, desde que llegó la primavera, porque nos invaden las p. hormigas.

Las de casa no pican. Ni se han comido a nadie, de momento. Pero incordiar, incordian un rato. Porque parece que se cachondean de ti, cuando abres un armario y ¡zas!, te las encuentras corriendo a toda velocidad, para que no las espachurres con el dedo, las muy...

Aparecen por todos lados y aunque pensaba que sólo cohabitaban con nosotros en la cocina (sección dulces, en concreto en el bote de las chuches), la verdad es que con el transcurrir de los días se van expandiendo por otros sitios: en el comedor, cerca de las sillas; en el dormitorio, entrando por debajo de la ventana... ¡¡Hasta dentro del lavavajillas y de los cajones de la cocina!!

Procuro aniquilar (a veces hasta con saña, según el cabreo que tenga ese día) todas las que me encuentro. Creo que se ha corrido la voz en su mundo y me temen. Ja. Bueno, creo que no mucho, porque si no ya se habría acabado la invasión.

A veces tengo remordimientos, pensando que estoy acabando con la reencarnación en hormiga de algún karma desdichado. Y aun así...

No las quiero compartiendo mi casa, pero supongo que se marcharán cuando se acabe su temporada. Y luego le sucederán los mosquitos; es éstos, las moscas en verano. Y a éstas, las arañas cuando vuelva el frío.

Es el ciclo de la vida. Sobre todo la vida civilizada al borde de la vida de campo.

Menos mal que no tengo que rememorar "La senda de los elefantes" (o eso espero).

Aaaaaaaaaaaagggggggggghhhhhhhhhhh.

lunes, 21 de abril de 2014

Cambio de perspectiva.

Hay cosas que se mantienen inalterables con el paso de los días.

Hay situaciones que no son las mismas, si están en unas coordenadas geográficas diferentes. Aunque sólo haya algunos kilómetros de distancia. Se trata de poner tierra de por medio.

En algunas ocasiones, hasta el mismo aire parece diferente, si lo respiras al otro lado de la montaña. Las nubes te parecen más bonitas, hasta más blancas. La hierba huele mejor que la que hay al lado de casa y la luz de la tarde tiene el sabor de lo diferente.


De entre todas las sensaciones que más disfruto cuando salgo de mi hábitat habitual, hay dos que procuro saborear con toda la intensidad de la que soy capaz. Una, es la sensación de despertarme en una cama que no es la mía. Justo en ese momento en el que pasas de la ingravidez del sueño, aterrizas suavemente en el lado de la consciencia, abres los ojos despacio y te vas situando en el mundo que te envuelve.

Otra, es la sensación del lento transcurrir de las horas, cuando no hay prisa. Cuando descubres otras vistas, otros paisajes y todo es la primera vez. Todo lo que ves es nuevo, todo es todo en ese momento.


Y los pinares de tu niñez, cuando viajabas con tus padres y te adentrabas con la imaginación en bosques plagados de hadas y duendes infantiles, los ves a través de los ojos de la inevitable madurez que imprimen los años de constante lucha contra la realidad.

Esos seres que tu desbordante inventiva, se han transformado con el tiempo en tus cuentos más ocultos, salen de sus escondites verdes, al caer la tarde.



Atraviesan la carretera y se cuelan por la ventana de tu cuarto, ese en el que te despertarás sólo un par de veces en tu vida, para rondar el sueño de la que siempre será una niña, a pesar de la vida, a pesar de las canas, a pesar del peso de la realidad, día tras día y sea el que sea el lugar en el que te despiertes.

viernes, 18 de abril de 2014

Olor a torrijas.

Siempre eché de menos cuando era pequeña, tener un pueblo al que huir en vacaciones.Tener un sitio al que dirigirme, escapar para poder salir de la misma monotonía en casa.

Cuando llegaba la Semana Santa, mi pequeño barrio se despoblaba. Casi todos se iban con la familia, a cumplir con las tradiciones religiosas. El otro "casi" nos quedábamos añorando el tener un rincón en el universo en el que encontrarme con primos y más primos, con amigos de otros lugares que siempre estuvieran fielmente presentes en las vacaciones, puntuales a la cita anual con la devoción.

Al silencio y al recogimiento propio de la fecha, se unía el deshabitado silencio del rellano de la escalera. Sólo endulzaba esa amargura de la soledad, el olor a azúcar y canela. El olor a dulce y sencillo postre frito, a pan duro remojado en leche (a veces en vino dulce) que elaboraba con mi madre, tareas de intendencia familiar en las que colaboraba sin mucha afición, a falta de algo mejor que hacer.

En la blanca cocina, con el gran patio como testigo al otro lado de los cristales, miraba las nubes correr, escondiendo el azul a ratos. No había música, no había risas. A veces alguna sentida saeta en las pocas emisoras de onda media, que sintonizaba el transistor familiar.

Recuerdo esos días, como días muy largos. De juegos solitarios con mis muñecas. De penitencias de silencios. De ensalzamiento del dolor y la muerte. De la resurrección, sólo al final.

Si añoraba, tener un pueblo donde ir.

Por eso, muchos, muchos años después, intento absorber en estos días, la esencia de la vida alejada de las ciudades. Y si las circunstancias lo permiten, me gusta pasear por calles diferentes a las mías.

Esta vez, respirar el olor de la inminente tormenta, ahogada con un suave viento del norte. 


Cielo de contrastes de luz. Mi siempre azul preferido, contra el blanco y también contra el gris más oscuro. Y el silencio, sólo roto por el silbido de viento contra la madera. Meciendo las flores de la ya certera primavera.


De llanuras extensas, donde perder la vista. De pueblos blancos y extremadamente limpios. De encaladas calles vacías, tanto como mis calles de la infancia en estas fechas.


Recogimiento con olor a canelas calientes, fundidas con azúcar. Mezclados, en el recuerdo, el sabor de los guisos de bacalao en cazuela de barro, de mi madre.


Sigo añorando los pueblos, a pesar de vivir en uno. Sabiendo que en realidad añoro tener acompañado el alma.

Y para combatir esa añoranza, dejo que mi madre me siga preparando, mientras aún pueda, esas dulzuras de pan empapado, cuyo olor continúa inalterado en mi recuerdo.

miércoles, 9 de abril de 2014

Glasses.

I am blue. 
I seem to be insignificant, but I am, to my way, important. 
As everything in this life, big or small, I serve for something.

Soy las gafas de un niño y a través de mi, va descubriendo el mundo. Soy su nuevo acompañante en el viaje.

Por mi prisma le filtro los primeros rayos de sol de las incipientes tardes de primavera. Voy contigo mientras montas en bici. Te evito el aire que viene de frente y amenaza con hacer cerrar tus ojos.

Freno tus lágrimas, ahora soy la barrera de ese río incontenible de sentimientos sin contener. De lágrimas por rasguños minúsculos que duelen más en el orgullo que en la piel.

Formo parte de tus juegos. Ahora estoy infiltrado en tus horas de clase y de patio con los compañeros.

Soy las gafas que te hacen pertenecer al mismo clan familiar de miopes e hipermétropes que cohabitáis bajo el mismo techo, con las mismas paredes como límites.


Te sientes cómodo conmigo. Y a mi me gusta ser tu nuevo compañero. Ahora soy tu aliado inseparable. Voy donde tu vas. Y menos a la hora de dormir o de bañarte estoy en contacto con tu piel en todo momento.

Soy tu escudo. Y soy tu sello de distinción. Conmigo ya eres distinto. Y te gusta que te haga diferente al resto. Todos te miran, todos te dicen cosas. Conmigo ya no eres sólo el hermano de ella. Ahora eres tu y yo soy tus circunstancias.

Todos te dicen que estás más guapo desde que me he instalado en tu cara. Mamá piensa que con mi llegada, ha desaparecido definitivamente el bebé que ella adoró. Papá no opina, pero te mira con cara de orgullo. Ahora te pareces aún más a él.

Conmigo pareces más adulto, más importante, más mayor, menos niño pequeño. 

Te has vuelto más contenido, casi diría que algo más cuidadoso. Soy tu evolución. Soy el que prueba que distas mucho de la perfección, como todo humano.

I'm blue. I'm not negligible.

lunes, 7 de abril de 2014

El lento transcurrir de la existencia.

A veces la vida te permite un receso para tomar impulso, para cambiar el rumbo cuando la decisiones discurrían por una pendiente empinada.

Tratas de aferrarte a la raíz del árbol que se ha cruzado en tu camino, pero ni sientes su sombra, ni su cobijo y te das cuenta que ni siquiera es el mejor árbol que puedas encontrar.



Sólo buscas un banco para descansar y reponer fuerzas, para disfrutar de la tarde y de la calma. Entre dos troncos secos, a pesar del frío.





Pero te das cuenta que ninguno es del tipo de madera que necesitas para que arda tu fuego. Y en cuanto puedes te levantas para seguir tu paseo lento. Como lento pasa el tiempo cuando no tienes nada que hacer. La lenta existencia del que no tiene ninguna prisa respirando.

Y al lento discurrir de la sucesión de días se suman las noches sin sueño y sin cansancio, las mañanas sin más prisas que las marcadas por las ahora obligadas rutinas de las comidas frecuentes. El resto sólo es trabajo. El resto sólo son imposiciones.

Miro por la ventana, un frío continuo no para de helar mi sabia desilusionada y mi corazón. No preparé bien mi leñera para el invierno y me encuentro con troncos nudosos y húmedos que no arden, sólo provocan humo. Y distancia, cada vez más infinita distancia.




Humo que te ciega los ojos. Para no dejarte ver con claridad. La injusta forma de percibir, siempre lo extremadamente bueno, siempre lo extremadamente malo.

O troncos que huyen, apartándose de tu camino. Que se inclinan a un lado, pero que tampoco dejan libre del todo el terreno a tu paso.




Y en el lento transcurrir de los días sin prisas, sin apenas obligaciones, en el paseo lento de las tardes grises de lluvia incesante, pienso en los árboles que rodean el camino, sin hojas, sin belleza, de tronco rugoso y áspero, que rozan la piel hasta hacerte herida si te acercas demasiado, pero de los que se mezcla tu sangre con su sabia y ya nada vuelve a ser lo mismo.




A la espera de la verdadera primavera, la que da paso al agobiante y áspero verano. Ese que abre el camino al otoño y de nuevo al invierno. Hasta el infinito.

viernes, 7 de febrero de 2014

Sustito.

¡¡¡Ains, cómo es la vida!!!

Normalmente llevamos un ritmo de existencia frenético, vamos y venimos haciendo varias cosas de forma simultánea, sin ser conscientes de que un buen día, la vida te da un aviso y todo cambia en cuestión de segundos o con un poco de suerte, de horas.

Con los niños todo el inicio de semana en casa por la fiebre, la tos y secreciones nasales por doquier, me levanté como cada mañana para ir a trabajar, cuando aún quedaba un rato para que saliera el sol. La noche anterior me había acostado tarde porque había llevado mi hija a urgencias (este invierno los virus no están dando tregua). El día había sido de los difíciles: mucho trabajo que sacar adelante a pesar de no encontrarme físicamente nada bien. En casa, las tareas de las que no me libra nadie, a pesar del cansancio, a pesar de un fortísimo dolor en todo el cuerpo.

Y lo dicho, te levantas para empezar con un día más y de repente te encuentras en el suelo, con un fuerte dolor en la mandíbula, sin entender porque tienes la cabeza sobre la alfombra del baño (y el resto del cuerpo, en el suelo). Te levantas como puedes, te sientas para pensar porqué te has desmayado y lo siguiente que recuerdas es que te están tratando de levantar para llevarte a la cama.

¿Que ha pasado? ¿te has desmayado? ¿dos veces seguidas? Sientes un dolor muy fuerte. Voy a tumbarme un poco y ahora me voy a trabajar.

- "No vas a coger el coche, no estás para conducir".

Lo que me faltaba, que me encuentre fatal y que encima me regañen. Si tuviera fuerzas me enfadaría. Pero no tengo ni fuerzas para eso. Me tumbo y todo da vueltas. El dolor me invade, me encoje.

- "Voy a llamar para que venga un médico a verte".

Y en poco tiempo viene un médico. Y me ve. Me ve hecha una piltrafa, tumbada en la cama y con mucho dolor. Preguntas rutinarias sobre los síntomas.

- "Parece vírico", concluye.

Prescribe algunos fármacos: para el dolor, para las nauseas, para la fiebre, para proteger el estómago,... Y se va a atender a otra piltrafa humana presa del malestar físico.

El estómago me está martirizando. Paso la mañana tumbada dormitando y avisando en el trabajo que hoy no puedo ni moverme para ir a trabajar.

A media mañana el dolor se intensifica. Me levanto brevemente y el mareo sube por mi garganta y me bloquea. Me ayudan a tumbarme en el suelo para que no me golpee de nuevo y compruebo como se nubla mi vista y todo se vuelve negro ante la asustada mirada de mis hijos.

- "¿He perdido de nuevo el conocimiento?"
- "Si".
- "¿Mucho tiempo?"
- "Durante unos segundos, 10-20 segundos más o menos. ¿te ayudo a tumbarte en la cama?"
- "Espera que deje de dar vueltas todo".

Y permanezco tirada en el suelo, empañada en sudor frío y dolor de estómago. El mareo cede un poco y me ayudan a tumbarme. Me congelo de frío. Al menos con los calmantes ya no me duelen las articulaciones de mi pequeño cuerpo.

No me encuentro mejor. Todo lo contrario.

- "¿Vuelvo a llamar al médico?"
- "Si. Esto no mejora. Me encuentro fatal (de los fatales, pero de los fatales de verdad, nada de cuento)".

Y hablo en la distancia con un médico de voz tranquilizadora, al que le explico mis síntomas y que me recomienda acudir a un centro hospitalario.

- "¿Te enviamos una ambulancia o tienes forma de ir por tus medios?"
- "No puedo conducir, pero tenemos dos niños pequeños en casa y tenemos que ver con quién los dejamos para que me lleven a urgencias. Tenemos que ver como organizarlo."
- "Te vuelvo a llamar en unos minutos por si finalmente necesitas una ambulancia o que te vea un médico en casa", me dice el de la voz tranquilizadora.

Organizamos la logística familiar para que vengan a quedarse con los niños. Mientras, hago acopio de energía y me visto. Siento que el hielo me rodea y no paro de tiritar.

Llegan los refuerzos a cuidar a mis vástagos. Los doy un beso. Los acaricio el pelo con todo mi amor puesto en mis manos. Y nos vamos al hospital más cercano.



En urgencias me atienden con rapidez. Tengo la tensión arterial por los suelos. Me desplazan en una silla de ruedas porque el dolor no me deja andar y porque me mareo.

Una guapa y rubia doctora me atiende y me pide algunas pruebas. Me hacen análisis, me ponen una vía, me dan más calmantes. Hay más pacientes en la sala. De hecho, la sala está llena de pacientes.

Un celador me lleva por los anchos pasillos para hacerme una eco abdominal. Todo el mundo es muy eficiente y muy amable conmigo. No tengo ganas ni de hablar, pero procuro no ser borde, al fin y al cabo, todos están cumpliendo con su trabajo. Aunque no tengo ganas de sonreír, sonrío.

- "Está todo muy inflamado, pero no parece apendicitis", me dice el ecógrafo.

Y lo mismo me confirma la doctora al ver los resultados de las pruebas.

-"Te quedas ingresada. Mañana te harán más pruebas. Y ya veremos".

Y estoy tan cansada que todo me parece bien. Me parece bien estar en una cama en un pasillo de urgencias con un foco sobre mi cabeza, pero no me impide dormir y dormir y dormir. He enviado mensajes contando lo sucedido a todos los que se han interesado por mi. Y allí tumbada, con un pijama azul hospital, enorme, muerta de frío por la fiebre, dejo que me tapen con una manta, que me pongan medicación y que cuiden de un cuerpo que ahora siento débil y vulnerable.

Muy vulnerable.

De repente el ritmo de la vida, de mi vida, se ha transformado. No se ha parado, porque la vida sigue, pero si ha cambiado de forma radical. Para el resto de la gente el ritmo será una sucesión de rutinas: cenar, ducharse, acostarse en la misma cama, con la misma compañía en el colchón, levantarse para ir a trabajar.

Pero mis rutinas han parado en seco y ahora soy un cuerpo enfermo. Una voluntad doblegada y aparentemente rendida. Los niños son atendidos por su progenitor y eso me deja algo más tranquila porque los cuida como sólo sabe hacerlo un padre entregado a sus hijos.

La noche pasa. Mal. Pero pasa. Y por la mañana llegan nuevas pruebas. Y el mazazo demoledor:

- "Ahora va a venir a hablar contigo el cirujano".

Jo, que mal suena eso, pienso medio adormilada. Y viene el cirujano y me dice (resumiendo):

- "Tienes perforado el estómago y toda la cavidad abdominal muy inflamada. El tratamiento es operar".
- " ¿Y la alternativa si no me opero?"
- "Esperar a que estés peor y si da tiempo, operar".

Eso es que un hombre te lo ponga difícil y lo demás, tonterías. Le pido unos minutos para llamar a los allegados y avisar en el trabajo que hoy tengo un plan más interesante que ir a trabajar... Me da unos minutos y vuelve con las autorizaciones para la intervención y una sonrisa que me suena a "voy a meter mano en tus intestinos y voy a disfrutar con ello".

Todo es muy rápido, no me da tiempo a avisar a todos a los que les importo algo (y eso que la lista es muy limitada). Una llamada rápida, un sms y ya me llevan a quirófano. Firmo alguna autorización más para la anestesista y ya está todo listo.

Después de haber pasado ya por múltiples y variadas cirugías a lo largo de mi vida, me enfrento a una intervención, pero esta muy inesperada. Ya estoy tumbada en la mesa de operaciones, hay un foco enorme sobre mi cabeza. Hay mucha gente moviéndose a mi alrededor, preparándolo todo.

- "Piensa en algo bonito, te vamos a anestesiar ya".

Y pienso en mis hijos, riendo felices en la playa, al atardecer. Y siento el calor y la luz del sol en mis mejillas, el recuerdo de esa tarde. Pienso en la sonrisa del que me arrebató para siempre el corazón, hace años. Y no recuerdo nada más. Me fundo en negro como en las buenas películas. Y vuelvo a perder el control de mi cerebro.

Lo siguiente, me despierta el dolor y la presión de un manguito tomando de forma automática la tensión. Noto que no puedo tragar, debo estar entubada. Tengo una mascarilla de oxígeno, que marca el ritmo de mi respiración, pero no puedo hablar. Muevo una mano para que sepan que estoy consciente, o casi. Se acerca una enfermera y me pregunta si siento dolor. Asiento como puedo y me pone más analgesia.

Pasa un tiempo que no puedo cuantificar, más inconsciente que consciente. Muevo los ojos y veo a través de la ventana que hay a mi espalda un cielo infinitamente azul y unas nubes inmensamente blancas. Oigo el oxígeno que sale por la mascarilla, noto el dolor. Me duermo. Me despierto.

- "Te vamos a subir a una habitación. Vamos a avisar a un familiar que está esperando para que lo sepa".

Y me sorprende que haya alguien esperando fuera. Entran con el susto pintado en la cara. Me hacen una resumen de la nueva situación familiar. Han pasado mil cosas en una tarde, pero todo parece estar controlado. Estoy tan agotada que no puedo pensar.

Me suben a planta. Y ya en mi habitación, me enfrento a mi primera noche sola. Y durante unos días de silencio, soledad hospitalaria y recuperación física, rediseño el planteamiento de mi nueva actitud ante la vida.

Porque la vida pasa. Un día se te perfora el estómago o te cae una maceta en la cabeza, o se te para el corazón y ya no tienes oportunidades, ni puedes hacer aquello que quisiste y no hiciste. O no lo hiciste a tiempo. Y ya no hay tiempo.

Y ahora, desde la obligación de tener que hacer todo despacito, mientras agradezco cada mensaje de ánimo recibido, pienso que quiero VIVIR, pero no me vale hacerlo como si estuviera en el limbo. Quiero el cielo y la tierra y quiero en ellos la sonrisa de mis hijos, bajo la mirada de los que tienen mi  corazón en sus manos.

domingo, 26 de enero de 2014

Sólo "calma".

Sólo necesitaba "calma".

Y dejé que mis pasos vagaran por tu orilla.



Para que el frío helara mis huesos y mi culpa. Y que el viento ensordeciera el recuerdo de tus palabras.

Para que se congelara el corazón y el dolor de mis músculos no me dejara sentir nada más.

El gris de la tarde era el fondo perfecto para la espera sin respuestas, que sabía que no llegarían. Y los pasos sobre tierra yerma iban poco a poco insensibilizando el ánimo.

Pero aunque quiera negarlo, aún queda musgo verde que no se ha congelado.



Que resiste al frío y a la indiferencia. Que sobrevive a la distancia del agua, que ve pasar tan cerca y tan lejos. En el fondo, cada vez más lejos.

Necesitaba "calma" y levante mi cabeza. Y entre las nubes se abría paso.


Sin entibiar el escenario, pero aportando otros matices a la vida. El gris ya no es tan gris, pero tampoco es cielo claro.

Y ahora bajo la cuesta como si fuera una rivera tranquila de aguas mansas.


Sólo que el agua está helada. Y parece que vuelve a reinar la "calma".

viernes, 17 de enero de 2014

Floting.

Después de mucho tiempo me he decidido a hacer algo que necesitaba hacer.

Lo he pensado, he visto las opciones y sentido como la oportunidad y la necesidad se aliaban en mi camino para ayudarme a inclinar el platillo de la balanza hacia uno de los lados. El de la acción y no el de la reacción.

Era el momento de ponerse en marcha, de abandonar el sendentarismo y la autocompasión. De lanzarse a emplear el tiempo en algo más que a veces paseos.

Y después de mucho tiempo he vuelto a nadar. Ya no me importa ni mi imagen en el espejo, ni mi aspecto exterior. Después de muchos años, un poco más de la mitad de mi vida, llega la hora de pensar que hay que cuidar lo que queda en pie de mi.

Apenas un poco de tiempo, unos escasos minutos semanales, pero me bastan para empezar. Se que mi forma física necesitará de mucha paciencia. Y mi ambición sólo alcanza a cubrir los objetivos que me vaya marcando.

Es domingo por la mañana. La luz de otro día nublado y tristón atraviesa las cristaleras que circundan el gran vaso azul. Una ducha para tomar contacto con la temperatura, unos estiramientos y bajo despacio por la escalerilla.

La temperatura es perfecta. La primera sensación es agradable. Me ajusto mi gorro, respiro y lo que primero me sorprende es que vuelven los recuerdos de serenidad una vez sumergida, que una vez sentí. Sólo el sonido del agua y mis pensamientos.

Esa agradable sensación de aislamiento cuando vas avanzando, atravesando el agua. Sólo se oye el eco de mi propia voz interior, que me dice que tengo que controlar la respiración y el movimiento. Sincronizar, serenar mi ritmo, dosificar el esfuerzo y continuar avanzando, porque al fin y al cabo no hay motivo para no llegar la primera.

Ya no hay con quien competir, porque para eso estoy completamente sola en esta mañana. Y prefiero que sea así, por el momento.

Nadando de espaldas puedo ver como las nubes que hay al otro lado del techo de cristal permanecen inmóviles y yo soy quien se mueve. Veo la marca de las banderillas rojas. Sigo un poco más hasta llegar al otro extremo.

Paro un poco. Acompaso mi respiración al ritmo un poco acelerado de mis latidos. Los años no perdonan. Se nota que están muy lejos los 15 años.

Toca seguir. Y recuperar la técnica perdida. Suave. Despacio. Como me solía gustar hacer estas cosas. Ya no tengo que demostrar nada. Porque se que puedo y ahora es el momento de hacer algo por mi.

En la soledad del agua batida, soy más que nunca consciente de que ahora no puedo venirme a abajo. Si me hundo nadie va a venir en mi ayuda, porque no hay nadie más. Y aunque durante una fracción de segundo el miedo a perder el control, a dejarme llevar al fondo cruza como un rayo por mi horizonte inmediato, se que no va a suceder así. Aunque sepa que hay un par de metros de agua debajo de mi.

Sólo estoy yo y sólo consigo avanzar con lo que mi cuerpo y mi propio esfuerzo me permiten, aunque no sea mucho, aunque no sea de la mejor manera posible. Pero cada vez lo haré un poco mejor.

Son momentos en los que pienso que no voy a tener ayuda para llegar al otro extremo. Y estar cada vez un poco más cerca me da fuerzas para continuar.

Fin de la segunda vuelta. 

Paro un poco. Vuelvo a regular la respiración, que me cuesta controlar. Aún. No lo recordaba tan difícil. Pero eso era antes y ha pasado mucha vida mientras tanto. Ya no soy la que era, pero sigo siendo yo. Al menos, un poco más serena.

Me animo a mi misma. Hay que seguir. Y aprovechar cada minuto que me queda. Mientras pueda. Y no me arrepiento, porque tarde o temprano tendría que hacer algo así.

Respiro. Ya estoy lista para seguir. Que para eso soy pez.



O vieja tortuga que se mantiene a flote, mientras ve como otros peces nadan.

El tiempo dirá si mereció la pena lanzarse a la piscina.

lunes, 13 de enero de 2014

Bicho-bola.

Sábado. Once de la noche. Niños acostados y durmiendo a pierna suelta (esto último es literal, palabra).

Ya he terminado de cenar. No tengo nada que hacer. Me preparo un mojito con las pocas hojas de hierbabuena que resisten al frío en una maceta.

Saco una de las cajas de bombones y al cuerno con la operación bikini. Tampoco me sobran tantos kilos. Y hoy voy sobrada de autoestima. ¡¡¡Si estoy que crujo!!! (también es literal, porque cuando me levanto me crujen todos los huesos, palabra).

Cambio de canal para ver donde está la película más soporífera e insustancial. La elección está difícil, porque hay bastante donde escoger.

Me he bajado una mantita. Y entre las canas y la manta, parezco una abuela (o a mi madre, que es peor).

Empiezo a notar el calorcito y no se si es por que voy por el segundo trago, porque la casa siempre se mantiene a la misma temperatura, por la manta o por una extraña combinación de todas las cosas.

Me acurruco. Un poco más. El sofá abre sus brazos y me envuelve cariñoso.

Uhmmm.

¡¡Que bien se está sin hacer nada y sin pensar en nada!!

Un sorbito a mi bebida y me encojo un poco más.

Ya está. Conseguido.

                                    


Soy un auténtico bicho-bola. 

Paso así gran parte de la noche. Vienen a ver porque no subo a dormir. Ains. Cómo me gustaría pasar así tooooodo el fin de semana.

Pero va a ser que... NO. Cachis.

miércoles, 8 de enero de 2014

Si el amor se pudiera medir.

Si pudiera ponerse en una balanza ¿cuánto pesarían los besos y lo abrazos que espontáneamente me regalan mis hijos? Esos besos que me llegan sin ser expresamente solicitados. Esos abrazos los fines de semana a la hora de comer, entre bocado y bocado, que te piden con una sonrisa pintada en la cara.

¿cuanto valen las muestras de amor fraterno que se dedican estos dos niños mutuamente y que me sorprenden y me encanta descubrir a hurtadillas cuando ellos no me están mirando?

¿cuánto vale una sonrisa cuando no esperas recibirla?

¿y cuánto vale un mensaje de ánimo cuando el tuyo está arrastrándose por el suelo?

¿a que se puede equiparar que cojan tu mano y te la acaricien con infinita dulzura cuando te sientes desamparada y triste?



Si pudiera medirse. Si se pudiera cuantificar de alguna forma.

Hay pocas cosas en el mundo que valgan tanto como una muestra de afecto, cuando tienes hambre de cariño. Cuando sólo entiendes la vida como una sucesión de distintas formas de manifestar amor al resto, aunque el resto sea un universo muy reducido. Un gesto, una palabra. Un mensaje (o dos) llenan el alma de sonrisas, de esas que cuesta que broten en la cara y que hay que empujar para que las sienta el corazón.

Cuánto dolor de espíritu se aliviaría si se repartiera más cariño, más dulzura, más demostraciones de amor, aunque sean sencillas.

Miro a mi alrededor en busca de un gesto amable. Buscar una caricia de manos que no se prodigan en bellos gestos. Esperar y suspirar.

Y cuando nada hace presagiar un poco de ese milagro, de esa gota de amor concentrada, llega un beso, una palabra, una sonrisa y el brillo de la inocencia en los ojos de los que siempre serán niños.

Y sonríes. Y suspiras aliviada, porque todavía existe la magia, esa que brota en los corazones, donde todavía el amor es moneda de cambio.

Menos mal que aún existen sentimientos que no se pueden abarcar, porque son más grandes que la vida que los alberga. 

Ahora. 
Mañana. 
Y siempre.