martes, 18 de octubre de 2016

Il passeggero disagio.



Sono che quel giro vostro cancello che ti dice ciò che è sbagliato.

Sono che ogni notte in ginocchio contro il tuo letto per assicurare il vostro sogno. E baciare la fronte.
Ti sto guardando mentre si fa la doccia. E asciugare il sudore perlato della schiena.
Il diavolo ti fa bruciare nel proprio inferno.
Io sono quello che ti fa bere il bicchiere quasi vuoto amaro.
Che si disegna nell'abisso. La si catapulta in cielo.

E io non sono ...


domingo, 16 de octubre de 2016

Siempre empieza amaneciendo al inicio de mi libro nunca iniciado.




Se me pasan las horas.

Se me van los minutos, a ritmo de ciudad.

Haciendo cosas de forma simultánea. Mientras que las nubes le dibujan una sonrisa a mis obligaciones. 
A las reales y a las auto impuestas.

Freno la ansiedad creciente con mi cambio de perspectiva.
Y ya no sufro como antes por ello.

Respiro y pienso que no es posible abarcarlo todo. 
Y mi reconvertido espíritu zen suspira un poco más aliviado.

El verano que marcó un antes y un después aún sigue presente, en forma de dos propósitos básicos: vivir la vida con menos agobio, sentirme menos culpable por ocuparme también de mi tranquilidad.


Y a pesar de que hace muchas lunas que mis pies descalzos no se mecen con el ritmo de las olas, ni el sol del amanecer me acaricia goloso mi rostro, aún parece durar el efecto beneficioso de querer hacer las cosas de otra manera.


Hay menos culpa rondando mi corazón, por quererme a mi misma también.

No desatiendo a los que no se caen de mi pensamiento. 
Al menos intento que así sea. 
Pero tampoco antepongo a toda costa su felicidad a la mía.

Porque al fin y al cabo me iré cuando llegue mi momento. Y nadie entenderá ni agradecerá sacrificios.

Porque ya no espero milagros terrenales (ni celestiales) y sólo yo soy responsable de cuidarme y de mi bienestar.

Al menos ahora las horas no son una agobiante prueba contrareloj a superar.

Ni una lucha ti(ta)ránica por llegar a todo.

viernes, 30 de septiembre de 2016

Tha die tha tilgeadh.

Y ahora si que si. Y ya no hay vuelta de hoja.

Los cambios llegaron a mi vida sin yo pedirlos y hubo que irlos afrontando.

Se ha roto el vínculo. Ya no hay donde regresar si las cosas vienen mal dadas.

Ya no hay red de protección y sé que voy andando como funanbulista por la cuerda floja, con un precipicio que asusta mucho como escenario de fondo.


Si, un abismo bajo los pies inseguros, que estoy dispuesta a no cubrir con el polvo de la resignación.

Nueve de la mañana de una mañana cualquiera, pero no de cualquier día. Tumbada en la que fue mi cama, lloro por la niña que dejo atrás para siempre. 

Miro con pena y miedo mi refugio, al que ya nunca podré volver. Al decorado de la mayor parte de mi vida.

En enfundo mi traje de "aquí no pasa nada", el de "todo va bien" y me enrosco alrededor del cuello la cadena de "puedo con todo".

Cierro tras de mi la puerta, por última vez. Y desciendo las escaleras, como la mujer que soy: decidida a dar todos los pasos necesarios. Aunque aún perdida y desamparada.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Soy un código amarillo...

... mira tú por donde.


Vamos a ponernos en antecedentes:



1.  Centro comercial de esos que tienen aglomeraciones hasta en agosto (igual es porque dentro se está fresquito y en la calle está cayendo una que se derrite hasta el asfalto). Y sin exagerar, ni lo de las aglomeraciones ni lo del asfalto.



2. Tiempo limitado, repito li-mi-ta-do, para comprar una lista considerable de cosas. Usain Bolt, un aficionado si tuviera que recorrer el pasillo central del centro comercial de marras sorteando obstáculos en tan poco tiempo. Para jamaicana yo.



3. Entro en la primera tienda, elijo, pago, me dan mi premio y salgo. ¡¡Bien, todo controlado!!



4.Vamos a la segunda (mis prisas y yo) tienda. Repito ritual y listo. Tacho de la lista y al siguiente.



5. Así en otro par de tiendas varias, que no incluyen ni joyerías ni tiendas de lencería chula (a veces creo que no tengo espíritu fenenino).



6. Bajo al coche. Dejo todas las bolsas en el maletero y vuelvo a subir, a luchar contra la vorágine humana que recorre los pasillos. Me dispongo a entrar en el hiper y....



¡¡Mierda!! (Cáspitas).



Suena la alarma. No me doy por aludida y trato de avanzar hacia el interior (por la parte de la sección de licores). Y de repente, de la nada, emerge un vigilante de seguridad, como teletransportado del mismísimo centro de mando de la Patrulla Canina.

 ¡¡Flaf!!


"Con la tripilla que tiene, si llego a echar a correr no me pilla y eso que yo no he podido correr en mi vida", pienso mientras le miro un pelin perpleja.



Como en las pelis americanas veo como le empieza a hablar al cuello de la camisa y le dice: "Código amarillo" (refiriéndose a mi).



Me mira con carita de que nunca vamos a ser buenos amigos (ni amigos a secas) y señala mi bolso. 



- "¡Enseñeme el bolso!" (he visto bordes más simpáticos que este), me dice.

-  "Pues vas a flipar porque llevo de todo", le digo yo, como si fuéramos colegas desde los tiempos del insti.

- " Eso me temo", me replica.


Y en ese momento una neurona me hace chispa y me cortocircuita el juicio, porque pienso que porqué le voy a enseñar todo lo que llevo en el bolso a un tío que no sé ni como se llama. Y le suelto:



- "Pues va a ser que no! (majete). Lo de majete lo pienso, bueno, lo que en realidad pienso es otro adjetivo, pero estamos en horario infantil...



"Código amarillo" le vuelve a decir al cuello de su camisa. Y ¡¡flaf de nuevo!! aparece volatilizado otro vigilante, ahora una chica.



Hasta ahora los cuellos de camisa con los que había tenido que lidiar sólo estaban sucios, pero estos son mágicos.



- "Disculpe señora (de esta no quiero ser amiga, que me ha llamado "señora"), creo que lleva algún objeto en su bolso que hace que salte la alarma".



Esta si que sabe, pienso para mis adentros. 



- "Posiblemente ha comprado algo y no le han quitado la alama. ¿puede volver a pasar el bolso, por favor? (muy amable, si, pero me ha llamado "señora").



Paso el bolso y pita. Reviso el contenido y vamos probando con diferentes objetos hasta que uno delata ser el culpable. Resulta ser la crema de manos (a partir de ahora, voy a llevar las manos como lijas). Lo mete en una especie de armario y me lo devuelve. Ya no pita.



- "Muchas gracias señora", me dice con sonrisilla. Será hija de ..., me ha llamado "señora" dos veces en menos de diez minutos.



Ya voy contrareloj con la tontería de la crema. ¡¡Ayyyyy!!



Pues, eso, que soy un código amarillo (que a estas alturas tampoco se a ciencia cierta lo que significa, pero debe ser algo así como maruja con prisas y con el bolso petao) y anda tú, que me importa todo eso.

sábado, 3 de septiembre de 2016

Pretérito imperfecto.

Te cruzaste en mi camino y empecé a conjugar los verbos de la paciencia en indicativo.
Primero en tiempo presente.

De ahí pasamos a la inconsciencia ilusioria del futuro. Empeñandonos en que el simple paso del tiempo nos traería la varita mágica de convertir sueños en realidades.

Pero el tiempo fue minando las ilusiones, hasta esas, si, las que se aferraban a lo imposible. 

Y lo hubiera hecho en pluscuamperfecto, hasta el fin de los tiempos, si no fuera porque me he cansado.





Para no agotarme en la nada, porque la vida sigue. 

¡¡¡Afortunadamente!!!

Me he cansado de la espera verano tras verano.
De ver pasar a los felices y no tener entradas para esa fiesta.

Porque el tiempo que pasa ya no vuelve. 

Y ahora si que es tiempo de hacer rodar los propositos.
Para mi, que empieza el año cuando acaba agosto.

Has vuelto a tener tu oportunidad y has vuelto a dejar pasar el tren.

¡¡¡¡¡¡¡Fin de trayecto, pasajeros!!!!!!!

Y me despido con el gerundio, pero del verbo olvidar.

jueves, 23 de junio de 2016

En lo que nos hemos convertido....

Llevo peor de lo que pensaba (mucho peor)  la crisis de la década en la que estoy inmersa.


Llevo peor de lo que pensaba (y totalmente a destiempo) el inexorable paso del tiempo. 

Tengo una amiga que dice que las mujeres somos como el buen vino.




Pero a esta amiga quizás se le olvida que a veces el vino se echa a perder, ("te estás echando a perder", me diría mi madre, si mi madre pudiera decirme algo). Y yo cada vez con mas frecuencia tengo carácter de vinagre, del insoportable, no del balsámico.


C'est la vie!!!, que es lo que me gustaría que me susurrara mi angelito malo en la oreja.


Llevo fatal comprobar como este cuerpo no es lo que era.


Me fastidia comprobar que estoy ya en tiempo de descuento, que ya estoy en la mitad de la jugada y que me han comido casi todos los peones, una de las torres, mis caballos (que en mi caso son ponis chiquitines) y la reina, ¡¡¡ay, la reina, esa está al descubierto!!!.









lunes, 13 de junio de 2016

Ahora que ya es imposible...

Ahora que te has ido, ha llegado el momento de volver a hablarte.

Pensé que lo nuestro era por tiempo infinito, peor el tiempo se ha tragado todos sus granos y ya no estás a mi lado.

Siento en lo hondo del alma, no haberte dicho muchas más veces lo mucho que te quería. Siento no haberte dado todos los abrazos del mundo y uno más, desde mucho antes de tener la certeza de tu marcha.

Siento haberte hecho pasar malas noches y haberte hecho derramar tantas lágrimas por mi culpa.

Te echo tanto de menos...

Siempre sigues presente, te veo conmigo en los gestos cotidianos del día a día. Aún pienso en llamarte para contarte cualquier cosa y enseguida me doy cuenta que ya no tengo esa opción.

Sólo espero que allá donde hayas ido seas infinitamente feliz, todo lo que a mi lado no fuiste. Infinitamente feliz, como tú merecías.

Te decepcioné, lo sé. No era lo que esperabas. Ni la más guapa. Ni la más lista. Ni la más buena.

A veces fuí dura. Muchas veces fuí intransigente contigo.

Sigo admirando tu abnegación, pero no quiero seguir tus pasos en eso. Yo no estoy hecha de tu pasta.

"Siempre serás una rebelde", me decías, mientras yo me daba la vuelta para no escucharte.

Y ahora me moriría por volver a oir tu voz, una vez más, confundiendote con mi nombre.

Tu dolor fue mi dolor. Tu impotencia me devoraba el alma. El frío de tus manos antes de tu partida, el último suspiró que te oí... Todo ha quedado grabado para siempre, siempre que el tiempo no se lo lleve de la mano del olvido.

Y ahora sólo puedo llorar tu ausencia. Con el corazón herido en mil pedazos que no encuentran la forma de volver a recomponerse.

Ya no hay un mañana. Ya no hay nada más que recuerdos. Y fotos.



Nunca pensé que doliera tanto tu ausencia.


domingo, 26 de julio de 2015

Slow life in a slow town.

Domingo de verano. De verano cálido, como nunca antes lo había vivido.

Noche de calor abrasador. Una de las ya muchas noches de altas temperaturas, al límite de lo soportable para dormir un poco.

Una capa de sudor se ha convertido de forma habitual, en mi segunda piel. Demasiados días consecutivos.

Me he vuelto a despertar, una vez más, cuando aún brillan con fuerza las estrellas en la noche, casi silenciosa, de este pueblo en medio del campo.

Una inoportuna tos, tos de catarro veraniego, me ha castigado con una pertinaz disfonía y el consabido molesto picor, que no se calma con múltiples tragos de agua.

El jarabe de Rioja (crianza) y las cervezas mexicanas, tampoco han contribuido a mitigar a la pelusa que parece habitar en mi garganta.

Toso sin parar durante casi media hora y al final me vuelvo a dormir un poco, bajo el brillo de las que conforman Casiopea.

Me despierto de nuevo cuando clarea un nuevo día.

Desayuno al fresco de la mañana, contemplando el escenario de la cena en compañía de amigos, de la noche anterior.


Remuevo la cucharilla del café con lentitud, sin prisas, disfrutando de la dulzura de los pecaminosos bollos.

Los mirlos sobrevuelan escandalosos; los trasnochadores gatos pasan por encima de la valla, con sus cadenciosos movimientos de caderas felinas.

Me cambio y salgo con las llaves del coche en mi mano. Por una de las calles, adelanto a dos jinetes a lomos de sendos caballos tordos.

Las campanas del convento cercano marcan la hora del rezo.

Ya en el gimnasio, mientras repito el ritual de mis ejercicios permitidos, veo corretear al otro lado de la cristalera a dos liebres (se que no son conejos, porque estos tienen las orejas más largas y puntiagudas).

De vuelta a casa, en los portalones abiertos se ven aparcados los tractores. Un paisano sentado a la puerta de su casa, vende tomates y sandías de su huerto, de esas que saben a verdad rotunda.

Disfruto y aprovecho estas últimas horas de alternativa paz, porque mañana volveré a la vorágine del tráfico. Las prisas. Y el tedioso trabajo.

martes, 7 de julio de 2015

Frío que hiela.

Han pasado los años. Y ahora sólo me acompaña de ti, el recuerdo de un amor que me dejó envenenada el alma y el sabor amargo de tus besos sobre mis heridas.
 



Marcaste mi presente con el fuego de la decepción. De nada me servían tus regalos, que me enfurecían silenciosamente, en lugar de alegrarme. Esos que apilaba en un cajón para recordarte el día que te marcharas o te sacara de mi vida.

Tus protocolarias despedidas eran más una liberación que un pesar. Y tu no te dabas cuenta de ello.

Debieron alarmarte mis prolongados mutismos, la falta creciente de confianza, en lugar de todo lo contrario, las ganas de estar constantemente a solas, pescando en silencio. El rechazo continuo al contacto. La falta creciente de planes en común...

Debieron de alertarte mis guiones alternativos, las excusas de no vernos porque tenía que estudiar para los finales.

Prefería estar entre mis libros y mis historias, o simplemente paseando sola antes que quedar contigo.

Debería haberte preocupado que siempre encontrara algo mejor que hacer que estar junto a ti.

Deberías haber pensado un poco más en mí, preocuparte por cómo estaba y no darlo todo por supuesto.

Deberíamos haber cuidado ese amor, donde todo te lo dí. Donde abrí todas las puerta, aunque no siempre fui bien recibida al otro lado. Donde traspasé todos los umbrales sin miedo al qué dirán a mis años y mis circunstancias.

Por ti hice todas las locuras que el amor me impulsaba a hacer. Franquee todas las fronteras auto impuestas. Y nada me importó con tal de satisfacer todos tus anhelos, por muy duro y costoso que me resultara el peaje.
 

 
 
Y ahora han pasado los años del inicio y fin de ese amor inmaduro, nacido al abrigo del desconsuelo de un par de solitarios despechados... Que sólo querían ser amados tras haber sido rechazados por otros.
 
Mal inicio para dos que saben que no hay pegamento que valga, para corazones rotos.

domingo, 14 de junio de 2015

Confesiones de mecedora.

Pronto hará ocho años que llegastes, trayendo el verano contigo. Y ella se fue.

Pasamos muchas horas juntas, abrazada con sumo cuidado a tu cuerpo. Empapándome de tu olor a galletas y dulce.

Sintiendo tu respiración, con una mezcla de emoción, miedo e infinita ternura.



Me mecía mientras te llenaba de besos. Con tanto cuidado como incredulidad por haberme convertido en madre, aunque siempre me he seguido sintiendo un niña jugando a muñecas, esta vez reales.

Amanecieron días, se fueron disipando las oscuridades de la noche. Aprendimos a entendernos, a mirarnos a los ojos y no necesitar palabras. Esas que aprendieron a brotar de ti, para mi sorpresa.

Tu carácter se iba definiendo con el tiempo. Comprendí al fin, que mi pequeño milagro tenía los propósitos muy bien puestos. Y que eras tozuda como una mula. Que llevabas dentro de ti, la fuerza de dos. Que dos ángeles de la guarda velaban por ti, a la vez, el tuyo y el suyo, para protegerte siempre.

Los sustos, las lágrimas, los miedos, volvían con cada brote de enfermedad. Y en esos momentos, me abrazaba a ti, en nuestra mecedora blanca, a conjurar los temores a que algo te llevara de mi lado.

También han llegado las risas juntas, caminar cogidas de la mano, bailar al ritmo de la misma música. Tu mano enjugando mis lágrimas de desconsuelo, tus besos húmedos, los abrazos mutuos. Y el infinito cariño.

Experiencias de vida que nunca pensé que fueran a materializarse.

Y por la noche, cuando todo duerme menos mi dolorido cuerpo, me levanto para oírte respirar, mientras me mezo y pienso que no hay un mañana para ti, sólo un maravilloso presente compartido.

Mi pequeño milagro, mi gran estrella. 





Las palabras brotan, pero se quedan cortas para definir lo que por ti siento.

domingo, 19 de abril de 2015

Lo tuyo es coraje, bonita.


Llevo varios meses poniendo en práctica aquello de "mens sana in corpore...", bueno, in corpore mejorable, ampliamente mejorable, acudiendo con cierta frecuencia al gimnasio.

Me sorprendió verte allí, acompañada por alguien que debe ser tu hijo. Tu hijo que quizás haya tenido un accidente cerebral por su forma de hablar, mirar, caminar o moverse.

Me llamó poderosamente la atención, tu forma de guiar sus piernas para que hiciera bien los ejercicios, tu forma de contar sus repeticiones en cada máquina de la sala de pesas. Creo que todos te miramos con admiración, por tu paciencia infinita, por tu forma dulce de obligarle a moverse.

Te he vuelto a ver en la piscina, animándole a mantenerse a flote, a nadar, a esforzarse... Evidentemente, no le dejas que se hunda (y no me estoy refiriendo sólo a mantener la cabeza fuera del agua). Tu melena rubia y rizada no es lo que más destaca de tu cuerpo, sino tu fuerza, tu voluntad.

Y te sigo viendo, cada domingo reflejada en otras mujeres: las que con canas desde hace años y mirada triste, acompañan a sus hijos a rehabilitación, más que rehabilitación acompañan a "vamos al menos a mantener lo que aún tenemos y a no perder lo que con el trabajo de años hemos conseguido". Las que la vejez arrastra a un pozo sin salida, con la amargura de saber a ciencia cierta, que qué será de ellos cuando ya no estemos en el mundo de los vivos.

Te veo en el cuerpo de M., que con fisuras en varias costillas y un corsé que apenas la deja moverse, conduce sin hacer caso al dolor, cada domingo para que su hijo siga haciendo fisioterapia. Tu que siempre me despides hasta la próxima semana con un "ánimo" y una sonrisa sincera.

Sigo la conversación con J., grande como un castillo, el padre que aparenta no rendirse nunca y al que he visto contener las lágrimas mirando la columna cada vez más encorvada de su hijo. Siempre bromeando, siempre con una frase divertida, pero con el alma desgarrada por la pena. Aquel al que la vida le ha regalado otro hijo y que ni siquiera eso consigue hacer que disminuya, ni un poco, su amargura.

He visto padres y madres, de niños, de adolescentes y de adultos. He visto demasiado y a veces ya no quiero seguir viendo.

No quiero verme así. Pero sé que así será. Todo es cuestión de tiempo.

Y sólo quiero ser tú y saber de dónde sacas la fuerza, para pintarte los labios de rojo y seguir avanzando, para seguir siendo rubia, dulce y cariñosa. Valiente y abnegada.

No se como te llamas, pero tienes muchos nombres. Yo sólo quiero tener valor, para que el mío forme parte de esa lista.

sábado, 14 de febrero de 2015

Bendita tu eres...

Porque eres mi madre y te debo la vida. Y ese ya es por si sólo, motivo más que suficiente.

Porque forjastes mi carácter para que pudiera valerme por mi misma. Te doy las gracias por hacerme: autónoma, autosuficiente e independiente.


Fuiste la que me enseño a no rendirme. Nunca. A intentarlo otra vez. Y otra. Y otra. Hasta conseguirlo.
La que me enseño a ser obstinada. Vale, o llámalo cabezona.
De ti aprendí y lo sabes.
Por eso ahora no te reconozco. No se donde está la madre fuerte de mis tardes de verano, la que cantaba mientras preparaba la comida o hacía las camas.
No se donde está esa mujer de la que aprendí a amar el amor por el orden y la pulcritud en todo lo que hiciera.
Miro tu menudo cuerpo envejecido y no reconozco en él a la mujer que le gustaba vestir con traje de chaqueta entallado y moño italiano. Hace años que te bajaste de esos tacones que me gustaba tanto utilizar cuando era pequeña.
Tus preciosos ojos verde agua, que a veces parecían azules, hace mucho que no brillan en tu cara. Y tu mirada se volvió resignada, hace demasiado tiempo.
Pero conservas intacta tu abnegación por los demás, tu deseo de cuidar a todos, a pesar de ser tu quién más necesitas que te cuiden.
Mantienes tu vocación de madre en todo momento. Incluso sigues ejerciendo de madre de tus hermanos. Aún lo haces.
De ti aprendí a aparentar fuerza a pesar de ser un cuerpo doblegado y menudo. 
Gracias por hacerme ver la importancia de la alegría en la vida.
Ojalá también hubiera aprendido de ti a sobrellevar la soledad ante las adversidades. Esa sigue siendo mi eterna asignatura pendiente. Mi miedo y mi realidad.
Gracias por hacerme capaz de sobrevivir sin depender de otros, aunque sea su apoyo lo que más pueda necesitar.
Gracias mamá.

... entre todas las mujeres.

AMEN.

domingo, 28 de diciembre de 2014

Vértigo.

Cuando se acerca el solsticio de invierno, me invade esta sensación que se extiende desde lo más profundo de mis entrañas. Y que se irradia a todo mi ser.

Todo empieza a girar muy rápido. Los días son una sucesión de horas que se escapan sin saber muy bien cómo.


A principios de diciembre, el fin de año parece muy lejano. Pero de repente, llegan las funciones escolares, las notas, las vacaciones de invierno.

Y con ellas, todo empieza a ir muy deprisa. Las previsiones de cenas y celebraciones familiares. Las compras de regalos para complacer a otros.

Las inevitables reuniones... Los intentos por quedar con los amigos antes de que se acabe el año. 

El comer dulces navideños.

Comer mucho. Y sobre todo comer mucho chocolate (lo necesito).

Hay que escribir los christmas para ponerles un sello y que lleguen a tiempo. Si, esos que siempre digo que al año siguiente voy a enviar antes y no a última hora como siempre. Siempre "in extremis". Esa tradición personal que me niego a que muera arrollada por el imparable avance de la tecnología y las comunicaciones digitales.

Y el vértigo se instala a mi lado. Soy consciente de que el tiempo avanza demasiado rápido. Y eso me pasa dos veces al año: en mi cumpleaños y a final del año. Soy consciente de que al igual que se acerca el final de un año, también es el fin de un periodo.

Se que es el momento de hacer balance, de mirar hacia atrás un poco. De ver como han quedado atrás, los baches malos. De saber que, aunque el inicio del año fue peligrosamente malo, ya está superado.

Siento vértigo, porque cada año veo que las cosas buenas vividas pasan muy rápido cuando las estás disfrutando, pero luego, en el recuerdo, parece que sucedieron hace siglos. Y no sólo hace un par de lunes.

Los paseos por la playa, el calor del sol, las risas, la ternura, las emociones de lo que se vive por primera vez, una y otra vez.

Se acaban los días. Y en el inminente próximo año sólo tengo ganas de repetir esas perlas de felicidad concentrada.


 Y de que me acompañes.



miércoles, 10 de diciembre de 2014

Cosas de espíritus.

Siempre he tenido la creencia de que el espíritu de una casa (y se a ciencia cierta que todas tienen el suyo) pertenecen, por siempre jamás, a aquellas personas que por primera vez duermen en ellas.

Soy de la opinión de que una casa no está viva hasta que alguien la habita. Y una vez que ha transcurrido los días y sus noches y cuantas más veces se perpetúe en el tiempo, más se impregna de la esencia de sus habitantes.

Esas cuatro (o dieciséis) paredes, cobran vida con la vida de sus ocupantes. Y esa vida, esas alegrías y sus miserias, se quedan a vivir entre ellas. Las risas de los niños, las peleas de los que no se soportan, las conversaciones de amigos y familiares, todo, permanecen en ellas. A través del recuerdo. Y de los objetos que lo conforman.

Las heridas, las señales que dejan su uso, el día a día, hacen que la casa adquiera carácter, que sea algo vivo y no una serie de materiales inertes.

Cada casa tiene un olor particular, su luz, la orientación, su enclave, hacen que sean únicas, aunque por fuera puedan parecer todas iguales.

Da igual que sean bloques en barriadas populares, da igual que sean casas únicas en opulentos barrios residenciales.



Todas las casas tienen sus propios dioses y sus propios demonios, que ocupan los rincones y que recorren de noche, cuando todos duermen y el silencio se adueña del aire. Sus lares y por que no, también sus miedos convertidos en fantasmas. Silenciosos y omnipresentes.

En todas arde un fuego. Ya sea el de la pasión más encendida, real, soñada, imaginada o recordada.





O el del odio más enconado, ese que se instala en cada célula del alma y que no se extingue. Al contrario, se alimenta con el paso de los días.

Sea como sea, nuestra esencia se queda en ellas. Y un nuevo proyecto debería contar con un nuevo escenario. Para partir con el menor equipaje posible.

Siempre he creído que cada casa tiene su espíritu. El que transmiten los que duermen por primera vez en ella.

Así es en tu casa.
Y en la mía.

lunes, 8 de diciembre de 2014

Escala de prioridades.

Vivo en un plano de realidad donde prima la tecnología.

Tengo un Smarphone, una tablet, dos portátiles (uno en el trabajo y otro en casa), un netbook que sé que ya es casi una reliquia (y sin el casi). Y hasta una tele en el salón que se conecta a Internet y puede tener en la pantalla, entre otras cosas, imágenes de diferentes acuarios. Peces reales a través de una pantalla, con sus ventajas y sus inconvenientes.

No tengo Iphone, ni falta que me hace.

O sea, soy pobre tecnológicamente hablando.

Mis hijos ven sus series de dibujos favoritas, elegidas a la carta. Y no van a casa de sus abuelos sin su pendrive y/o su tablet, con sus cosas para entretenerse.

Hasta mi hija intenta cambiar de canal, arrastrando el dedo por la pantalla de la tele, como si de la pizarra digital de su cole se tratara.

Acudo a charlas sobre e.comerce, donde me hablan, con la fascinación brotando por los poros, de las bondades de Internet y de lo maravillososas (y hasta buenas para el cutis) de las RRSS (léase Redes Sociales).

Me hablan de galácticas aplicaciones (realidad aumentada y esas cosas), que se anticipan a tus deseos a la hora de comprar cosas o que te crean unas necesidades materiales que ni sabías que tenías.

Hablo (y lo de hablar es un decir) por WhatsApss con amigos a los que no tengo tiempo de ver.

Adquiero por Internet para mis progenitores, cosas que les ayuden a paliar sus carencias de movilidad, porque no tengo tiempo para acompañarlos e ir de compras con ellos.
 
Hasta escribo en este blog, mientras estoy tumbaba en la cama (yo, que aprendí a escribir a máquina con una Remintong). Y no, no es broma.


Todo muy fácil, todo muy rápido. Todo aparentemente muy sencillo. Muy cool. Todo muy mágico.

Y todo muy frío.

Los peces de la pantalla de mi tele del salón no se ponen nerviosos con mi presencia, intuyendo que se acerca la hora de comer. Porque no ven llegar...

No veo la cara de alegría de mis amigos cuando les envío un WhatsApp divertido, porque no los tengo cara a cara.

Reflexiones mientras paseo pisando hojas secas.



Nadie ha sido capaz de recrear con máquinas (ni otros ingenios creados por los humanos), el olor de la humedad, ni el sonido de mis pies entre las hojas.


De momento.

Nada sustituye la magia de un abrazo, ni lo bien que sienta recibir besos...

Lo dicho, de momento.

domingo, 16 de noviembre de 2014

Transporta mamá.

Debe ser un gen familiar, por la rama paterna, pero tengo complejo de taxista.

Voy de un lado para otro, acumulando kilómetros sobre el motor de mis espaldas. 

Voy contrarreloj sobre el asfalto.  Corren los minutos, trato de volar bajo para llegar a tiempo a todo.

Ahora toca recoger al niño. Ahora toca merendar rapidito para llegar a tiempo a la parada de la ruta de la niña. 

- "Venga, vamos, espabila, que no llegamos a tiempo a la clase de aerobic para críos".

Corre, corre. Gira, intermitente. No choques.

- "Mamá, venga, aparca ya, no hagas tantas maniobras".

Así una y otra vez, todos los días. Sin que parezca tener fin.

Y a mí se me contrae el higadillo cada vez que meto la llave en el contacto. ¿Porqué a mí, Señor, si NO me gusta conducir? Repito, NO m-e-g-u-s-t-a-c-o-n-d-u-c-i-r, va a ser que no.

Y por más que lo intento, no me libro ni un solo día de la semana.

Veo pasar las estaciones tras la ventanilla. Hago fotos en los atascos. 

Ahora un amanecer de impresión, de esos que te hacen coger aire antes de grabarlo en el lugar más recóndito de las sensaciones vividas, junto a los besos dulces y tiernos.

Ahora un arco iris doble, mientras que sigue lloviendo, por dentro y por fuera, mientras se me calan los huesos y me encojo preocupada.
     
         


Para minutos después salir dirección sur, al límite de la legalidad, viendo desde mi asiento de conductora, como los árboles se trasmutan en miel, sabiendo que van a morir una vez más, en el letargo cíclico, típico de su vida de árbol.



Veo oscurecer tras el cristal, mientras sigo atascada y los minutos siguen pasando. Ya llego de nuevo tarde o con el tiempo demasiado justo.

Toca ir corriendo. A todo.



Meto la velocidad y continúo mi camino. Venga, espabila, no te dejes llevar por ensoñaciones, que te come el tiempo y te están esperando.

Y el atardecer me ciega tras la luneta.



Y yo sólo quiero parar. Y tirar la llave muy lejos. Quiero tumbarme a descansar, un poco. 

Pero me he convertido, como muchas, en mera transportadora, que van de un lado para otro, del cole a las extraescolares, mientras las canas tiñen algo más que las sienes.

Las miro a la puerta del cole, con cara de prisa. Con el cansancio pintando de ojeras sus rostros. Son como yo, somos mujeres (en su mayoría, aunque eso también está cambiando), que vamos de un lado para otro. Corriendo al trabajo, corriendo a llevar o a recoger retoños.


Corriendo. Mientras el mundo sigue su curso, mientras los días se deslizan suaves. Inexorables, como las vueltas del cuentakilómetros.