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lunes, 21 de noviembre de 2016

Cold and soft.

Un frío incipiente se asoma entre los rayos del sol en un domingo serrano.

Romper rutinas. Hacer algo medianamente diferente. Cambio de aires, cambio de actitud. Cambio de escenario.

Sol.

Paseo entre calles deshabitadas.

Me llama la atención lo casi imperceptible: el sonido del viento entre las ramas que comienzan a despoblarse, la forma de las piedras, el frío y suave contacto del musgo.


Debo ser rara, pero siento que a través de las yemas de mis dedos, la piedra me habla. Igual que me habla la piel que tocan mis dedos. Ese contacto que me cuenta historias de gentes tranquilas, con vidas sin estridencias y sin prisas.

Vidas aburridas que dirían otros. 

Vidas que en cierta forma envidio, pero con una envidia lejana. Sólo me atrae poder disponer de mi tiempo sin limitaciones. El libre albedrío de poder elegir que hacer y que no hacer.

Muros de piedra que al otro lado guardan celosamente historias de verano, de juegos de niñez en la tranquilidad del campo. De ilusiones y de vidas. De cenas al aire libre lejos del mundanal ruido. De reuniones de amigos, o de simples conocidos a los que las circunstancias sólo acercan.




Jardines ahora casi abandonados. Ventanas entablilladas para proteger el interior. Casas cerradas bajo siete cierres que guardan historias, como el que guarda sellos para disfrutarlos en una ocasión mejor. 

Esa ocasión que ahora se ha llevado el viento helador. Que quizás vuelva a reeditarse en una nueva oportunidad cuando los días tengan más horas de luz que de oscuridad.

A pocos kilómetros de la urbe, donde todo bulle, donde todo va deprisa. Donde ni los perros pueden ir sólos por la calle. Al pie de la montaña se respira otro aire y el tiempo adquiere, afortunadamente, otros matices.


martes, 18 de octubre de 2016

Il passeggero disagio.



Sono che quel giro vostro cancello che ti dice ciò che è sbagliato.

Sono che ogni notte in ginocchio contro il tuo letto per assicurare il vostro sogno. E baciare la fronte.
Ti sto guardando mentre si fa la doccia. E asciugare il sudore perlato della schiena.
Il diavolo ti fa bruciare nel proprio inferno.
Io sono quello che ti fa bere il bicchiere quasi vuoto amaro.
Che si disegna nell'abisso. La si catapulta in cielo.

E io non sono ...


domingo, 16 de octubre de 2016

Siempre empieza amaneciendo al inicio de mi libro nunca iniciado.




Se me pasan las horas.

Se me van los minutos, a ritmo de ciudad.

Haciendo cosas de forma simultánea. Mientras que las nubes le dibujan una sonrisa a mis obligaciones. 
A las reales y a las auto impuestas.

Freno la ansiedad creciente con mi cambio de perspectiva.
Y ya no sufro como antes por ello.

Respiro y pienso que no es posible abarcarlo todo. 
Y mi reconvertido espíritu zen suspira un poco más aliviado.

El verano que marcó un antes y un después aún sigue presente, en forma de dos propósitos básicos: vivir la vida con menos agobio, sentirme menos culpable por ocuparme también de mi tranquilidad.


Y a pesar de que hace muchas lunas que mis pies descalzos no se mecen con el ritmo de las olas, ni el sol del amanecer me acaricia goloso mi rostro, aún parece durar el efecto beneficioso de querer hacer las cosas de otra manera.


Hay menos culpa rondando mi corazón, por quererme a mi misma también.

No desatiendo a los que no se caen de mi pensamiento. 
Al menos intento que así sea. 
Pero tampoco antepongo a toda costa su felicidad a la mía.

Porque al fin y al cabo me iré cuando llegue mi momento. Y nadie entenderá ni agradecerá sacrificios.

Porque ya no espero milagros terrenales (ni celestiales) y sólo yo soy responsable de cuidarme y de mi bienestar.

Al menos ahora las horas no son una agobiante prueba contrareloj a superar.

Ni una lucha ti(ta)ránica por llegar a todo.

viernes, 30 de septiembre de 2016

Tha die tha tilgeadh.

Y ahora si que si. Y ya no hay vuelta de hoja.

Los cambios llegaron a mi vida sin yo pedirlos y hubo que irlos afrontando.

Se ha roto el vínculo. Ya no hay donde regresar si las cosas vienen mal dadas.

Ya no hay red de protección y sé que voy andando como funanbulista por la cuerda floja, con un precipicio que asusta mucho como escenario de fondo.


Si, un abismo bajo los pies inseguros, que estoy dispuesta a no cubrir con el polvo de la resignación.

Nueve de la mañana de una mañana cualquiera, pero no de cualquier día. Tumbada en la que fue mi cama, lloro por la niña que dejo atrás para siempre. 

Miro con pena y miedo mi refugio, al que ya nunca podré volver. Al decorado de la mayor parte de mi vida.

En enfundo mi traje de "aquí no pasa nada", el de "todo va bien" y me enrosco alrededor del cuello la cadena de "puedo con todo".

Cierro tras de mi la puerta, por última vez. Y desciendo las escaleras, como la mujer que soy: decidida a dar todos los pasos necesarios. Aunque aún perdida y desamparada.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Soy un código amarillo...

... mira tú por donde.


Vamos a ponernos en antecedentes:



1.  Centro comercial de esos que tienen aglomeraciones hasta en agosto (igual es porque dentro se está fresquito y en la calle está cayendo una que se derrite hasta el asfalto). Y sin exagerar, ni lo de las aglomeraciones ni lo del asfalto.



2. Tiempo limitado, repito li-mi-ta-do, para comprar una lista considerable de cosas. Usain Bolt, un aficionado si tuviera que recorrer el pasillo central del centro comercial de marras sorteando obstáculos en tan poco tiempo. Para jamaicana yo.



3. Entro en la primera tienda, elijo, pago, me dan mi premio y salgo. ¡¡Bien, todo controlado!!



4.Vamos a la segunda (mis prisas y yo) tienda. Repito ritual y listo. Tacho de la lista y al siguiente.



5. Así en otro par de tiendas varias, que no incluyen ni joyerías ni tiendas de lencería chula (a veces creo que no tengo espíritu fenenino).



6. Bajo al coche. Dejo todas las bolsas en el maletero y vuelvo a subir, a luchar contra la vorágine humana que recorre los pasillos. Me dispongo a entrar en el hiper y....



¡¡Mierda!! (Cáspitas).



Suena la alarma. No me doy por aludida y trato de avanzar hacia el interior (por la parte de la sección de licores). Y de repente, de la nada, emerge un vigilante de seguridad, como teletransportado del mismísimo centro de mando de la Patrulla Canina.

 ¡¡Flaf!!


"Con la tripilla que tiene, si llego a echar a correr no me pilla y eso que yo no he podido correr en mi vida", pienso mientras le miro un pelin perpleja.



Como en las pelis americanas veo como le empieza a hablar al cuello de la camisa y le dice: "Código amarillo" (refiriéndose a mi).



Me mira con carita de que nunca vamos a ser buenos amigos (ni amigos a secas) y señala mi bolso. 



- "¡Enseñeme el bolso!" (he visto bordes más simpáticos que este), me dice.

-  "Pues vas a flipar porque llevo de todo", le digo yo, como si fuéramos colegas desde los tiempos del insti.

- " Eso me temo", me replica.


Y en ese momento una neurona me hace chispa y me cortocircuita el juicio, porque pienso que porqué le voy a enseñar todo lo que llevo en el bolso a un tío que no sé ni como se llama. Y le suelto:



- "Pues va a ser que no! (majete). Lo de majete lo pienso, bueno, lo que en realidad pienso es otro adjetivo, pero estamos en horario infantil...



"Código amarillo" le vuelve a decir al cuello de su camisa. Y ¡¡flaf de nuevo!! aparece volatilizado otro vigilante, ahora una chica.



Hasta ahora los cuellos de camisa con los que había tenido que lidiar sólo estaban sucios, pero estos son mágicos.



- "Disculpe señora (de esta no quiero ser amiga, que me ha llamado "señora"), creo que lleva algún objeto en su bolso que hace que salte la alarma".



Esta si que sabe, pienso para mis adentros. 



- "Posiblemente ha comprado algo y no le han quitado la alama. ¿puede volver a pasar el bolso, por favor? (muy amable, si, pero me ha llamado "señora").



Paso el bolso y pita. Reviso el contenido y vamos probando con diferentes objetos hasta que uno delata ser el culpable. Resulta ser la crema de manos (a partir de ahora, voy a llevar las manos como lijas). Lo mete en una especie de armario y me lo devuelve. Ya no pita.



- "Muchas gracias señora", me dice con sonrisilla. Será hija de ..., me ha llamado "señora" dos veces en menos de diez minutos.



Ya voy contrareloj con la tontería de la crema. ¡¡Ayyyyy!!



Pues, eso, que soy un código amarillo (que a estas alturas tampoco se a ciencia cierta lo que significa, pero debe ser algo así como maruja con prisas y con el bolso petao) y anda tú, que me importa todo eso.

sábado, 3 de septiembre de 2016

Pretérito imperfecto.

Te cruzaste en mi camino y empecé a conjugar los verbos de la paciencia en indicativo.
Primero en tiempo presente.

De ahí pasamos a la inconsciencia ilusioria del futuro. Empeñandonos en que el simple paso del tiempo nos traería la varita mágica de convertir sueños en realidades.

Pero el tiempo fue minando las ilusiones, hasta esas, si, las que se aferraban a lo imposible. 

Y lo hubiera hecho en pluscuamperfecto, hasta el fin de los tiempos, si no fuera porque me he cansado.





Para no agotarme en la nada, porque la vida sigue. 

¡¡¡Afortunadamente!!!

Me he cansado de la espera verano tras verano.
De ver pasar a los felices y no tener entradas para esa fiesta.

Porque el tiempo que pasa ya no vuelve. 

Y ahora si que es tiempo de hacer rodar los propositos.
Para mi, que empieza el año cuando acaba agosto.

Has vuelto a tener tu oportunidad y has vuelto a dejar pasar el tren.

¡¡¡¡¡¡¡Fin de trayecto, pasajeros!!!!!!!

Y me despido con el gerundio, pero del verbo olvidar.

jueves, 23 de junio de 2016

En lo que nos hemos convertido....

Llevo peor de lo que pensaba (mucho peor)  la crisis de la década en la que estoy inmersa.


Llevo peor de lo que pensaba (y totalmente a destiempo) el inexorable paso del tiempo. 

Tengo una amiga que dice que las mujeres somos como el buen vino.




Pero a esta amiga quizás se le olvida que a veces el vino se echa a perder, ("te estás echando a perder", me diría mi madre, si mi madre pudiera decirme algo). Y yo cada vez con mas frecuencia tengo carácter de vinagre, del insoportable, no del balsámico.


C'est la vie!!!, que es lo que me gustaría que me susurrara mi angelito malo en la oreja.


Llevo fatal comprobar como este cuerpo no es lo que era.


Me fastidia comprobar que estoy ya en tiempo de descuento, que ya estoy en la mitad de la jugada y que me han comido casi todos los peones, una de las torres, mis caballos (que en mi caso son ponis chiquitines) y la reina, ¡¡¡ay, la reina, esa está al descubierto!!!.









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