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domingo, 22 de enero de 2017

Existe un lugar...


Existe un lugar donde la magia tiene fondo blanco. Donde el silencio se rompe con la cadencia de las pisadas sobre nieve virgen.



Donde se paró el tiempo por un rato y sólo existió por unos minutos la suave calma del cariño y la complicidad. Donde las ilusiones pueden exhalar vapor de agua y sólo el cuerpo sentir frío.

Es allí. Donde las piedras de otros tiempos siguen contemplando la historia repetida, a través de las estaciones.

Sonidos de una mañana de frío. De silencio, casi perfecto.

Un punto de inflexión. Diferente. Divertido. Una parada necesaria. Allí donde los pájaros continúan con su vida de pájaro. Mientras que al otro lado del puente todo rueda como siempre. Y a este otro lado, no sólo se siente por fuera.


Todo sería perfecto si tuviera las llaves que abren el mundo al calor de unas brasas. La llama siempre encendida, esperando tu llegada. Esa que no se apaga, porque es la verdadera.

Por una vez sin prisas, sin reloj que mida el tiempo que nos limita. Despertar sin tener nada que nos obligue a hacer.

Por fin calma. Sólo calma. Por fin. Sin tener que posponerlo más.

Y mientras sigo esperando. Mientras se va fundiendo el material dorado del que se harán esas llaves. Las que abran el universo. Ese en el que cerraré las puertas tras mi espalda.


sábado, 31 de diciembre de 2016

Operación repollo féliz

Adiós al año de los cambios radicales de vida. Los de ya nada será lo mismo jamás.

Y a pesar de todo me había propuesto no cerrar el año, ni amargada ni triste. Ni contagiar de mi tristeza vital a los que están orbitando en mi misma dimensión interestelar.

Busqué el árbol de Navidad más grande que cabía en mi comedor. Lo adornamos. Llené de adornos la escalera.

Fuimos al campo a recoger piñas. Las pinté y adornamos el jardín de gotas plateadas. Y toda la parafernalia.

Me había propuesto ser un repollo feliz. 


Y aunque por fuera lo aparente, el que sabe mirar detrás de lo que los ojos esconden, sabe la verdad.

Y el tiempo sigue corriendo.Tic-tac-tic-tac.


Tiempo de descuento para seguir buscando la felicidad. ¿A que esperas para rozar con los dedos la tuya?

viernes, 16 de diciembre de 2016

La impronta de los besos

Cuando piensas en el beso con mayúsculas, ese que no podrás olvidar hasta el último de tus momentos ¿en que beso piensas?

¿Recuerdas ese primer beso sabiendo que muchos primeros besos siempre serán memorables?

El beso tierno de tu madre antes de dormirte, con caricia en la frente incluida. El que siempre recordarás como la primera muestra de amor recibida. Esos besos que ahora recuerdas con cariño y tristeza porque sabes que nunca más podrás dar y recibir y ya sólo los tienes en el segundo cajón de la mesilla, el cajón de los recuerdos.

El primer beso apasionado, ese que te dejó sin respiración y casi sin consciencia, ese que te hizo levitar dos palmos por encima del suelo y hacer que se te desdibujara el horizonte. Ese que te hizo perder la noción del tiempo y la realidad. Ese que recuerdas con una sonrisa y con cierta nostalgia.

Y ese primer beso de tus hijos. El que te hizo incontrolar las lágrimas de orgullo. Ese beso que te hizo sentirte a la vez tan grande y a la vez tan inseguramente pequeñita. Que te llenó de babas y restos de papilla la cara. Pero que se pegó a tu corazón con tanta fuerza que no hay nada que lo iguale.

El beso final, el de compromiso y cortesía, cuando ya sabías que eso no era amor y la siguiente parada era la de la despedida.

Los besos de costumbre, esos que se dan en piloto automático y no significan nada. Los que nada unen y solo separan un poco más. Esos que te aburren y te dan tanta rabia, rabia de dar, rabia de recibir.

Los besos de alegría por el reencuentro con una vieja amiga, a la que quieres, a la que aprecias. A la que desde hace años está en tu vida y tu en la suya. 

Esos primeros besos que nunca son los primeros pero que siempre, siempre, siempre, son únicos. En los que te recreas y te refugias. Los que saboreas. En los que te sumerges. En los que te dejas llevar. Esos que anhelas. Los que deseas que se repitan. Esos que disfrutaste de principio a fin cada vez que se han producido, aunque haga ya tanto tiempo, que parece que fueron hace un siglo. O dos...


domingo, 11 de diciembre de 2016

Hijos del silencio.

¿En que momento de la noche la niebla fue creciendo hasta enturbiar los sueños?

Despiertas de madrugada, quizás sean las cuatro o quizás ya hallamos llegado a las cinco, vuelves a hacerlo presa del sudor y de las pesadillas que no recuerdas.

Vuelves a rendir tu cuerpo a lo inevitable, sin un movimiento, porque te aterran las consecuencias. Y vuelves a caer, de nuevo.

El día se inicia otra vez raro. La luz no es la habitual para la hora. Al otro lado del cristal la niebla a invadido cada rincón. Ha dejado mudos a los pájaros.



Los hijos del silencio se desplazan perezosos. Esos mismos que sabes que recorren tus entrañas a cada momento.

¿En que eslabón del tiempo se rompió todo esto?

Vuelves a estar presa de lo que tanto siempre te asustó, sin casi poder defenderte. Todo lo abarca. Todo lo transmuta, convirtiéndote en lo que no quieres.

Cambia tu percepción de la vida y hace que abraces el futuro con recelo. Tamizado por la niebla que ensombrece la mañana, a la espera de que la luz se abra paso poco a poco y te deje ver los matices bajo otro color diferente. Uno que no sea el gris blanquecido que todo lo envuelve.

El frío se ha colado por todas tus rendijas, de pies a cabeza. Y también te ha enmudecido. Porque no tienes más de ti que dar a estas alturas.

¿En que momento se empezó a helar el corazón para convertir a otros en desconocidos al otro lado de la niebla? Heridos de silencio y de distancia.


lunes, 21 de noviembre de 2016

Cold and soft.

Un frío incipiente se asoma entre los rayos del sol en un domingo serrano.

Romper rutinas. Hacer algo medianamente diferente. Cambio de aires, cambio de actitud. Cambio de escenario.

Sol.

Paseo entre calles deshabitadas.

Me llama la atención lo casi imperceptible: el sonido del viento entre las ramas que comienzan a despoblarse, la forma de las piedras, el frío y suave contacto del musgo.


Debo ser rara, pero siento que a través de las yemas de mis dedos, la piedra me habla. Igual que me habla la piel que tocan mis dedos. Ese contacto que me cuenta historias de gentes tranquilas, con vidas sin estridencias y sin prisas.

Vidas aburridas que dirían otros. 

Vidas que en cierta forma envidio, pero con una envidia lejana. Sólo me atrae poder disponer de mi tiempo sin limitaciones. El libre albedrío de poder elegir que hacer y que no hacer.

Muros de piedra que al otro lado guardan celosamente historias de verano, de juegos de niñez en la tranquilidad del campo. De ilusiones y de vidas. De cenas al aire libre lejos del mundanal ruido. De reuniones de amigos, o de simples conocidos a los que las circunstancias sólo acercan.




Jardines ahora casi abandonados. Ventanas entablilladas para proteger el interior. Casas cerradas bajo siete cierres que guardan historias, como el que guarda sellos para disfrutarlos en una ocasión mejor. 

Esa ocasión que ahora se ha llevado el viento helador. Que quizás vuelva a reeditarse en una nueva oportunidad cuando los días tengan más horas de luz que de oscuridad.

A pocos kilómetros de la urbe, donde todo bulle, donde todo va deprisa. Donde ni los perros pueden ir sólos por la calle. Al pie de la montaña se respira otro aire y el tiempo adquiere, afortunadamente, otros matices.


martes, 18 de octubre de 2016

Il passeggero disagio.



Sono che quel giro vostro cancello che ti dice ciò che è sbagliato.

Sono che ogni notte in ginocchio contro il tuo letto per assicurare il vostro sogno. E baciare la fronte.
Ti sto guardando mentre si fa la doccia. E asciugare il sudore perlato della schiena.
Il diavolo ti fa bruciare nel proprio inferno.
Io sono quello che ti fa bere il bicchiere quasi vuoto amaro.
Che si disegna nell'abisso. La si catapulta in cielo.

E io non sono ...


domingo, 16 de octubre de 2016

Siempre empieza amaneciendo al inicio de mi libro nunca iniciado.




Se me pasan las horas.

Se me van los minutos, a ritmo de ciudad.

Haciendo cosas de forma simultánea. Mientras que las nubes le dibujan una sonrisa a mis obligaciones. 
A las reales y a las auto impuestas.

Freno la ansiedad creciente con mi cambio de perspectiva.
Y ya no sufro como antes por ello.

Respiro y pienso que no es posible abarcarlo todo. 
Y mi reconvertido espíritu zen suspira un poco más aliviado.

El verano que marcó un antes y un después aún sigue presente, en forma de dos propósitos básicos: vivir la vida con menos agobio, sentirme menos culpable por ocuparme también de mi tranquilidad.


Y a pesar de que hace muchas lunas que mis pies descalzos no se mecen con el ritmo de las olas, ni el sol del amanecer me acaricia goloso mi rostro, aún parece durar el efecto beneficioso de querer hacer las cosas de otra manera.


Hay menos culpa rondando mi corazón, por quererme a mi misma también.

No desatiendo a los que no se caen de mi pensamiento. 
Al menos intento que así sea. 
Pero tampoco antepongo a toda costa su felicidad a la mía.

Porque al fin y al cabo me iré cuando llegue mi momento. Y nadie entenderá ni agradecerá sacrificios.

Porque ya no espero milagros terrenales (ni celestiales) y sólo yo soy responsable de cuidarme y de mi bienestar.

Al menos ahora las horas no son una agobiante prueba contrareloj a superar.

Ni una lucha ti(ta)ránica por llegar a todo.
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