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lunes, 30 de diciembre de 2013

Comprópata.

Finales de año es una época malísima para las que creemos que llenando con cosas la existencia, a un ritmo inversamente proporcional a como vaciamos el fondo de las tarjetas de crédito/débito, se va a rellenar el hueco que sentimos en el alma.

Todo te invita a adquirir para uno mismo o con la fenomenal excusa de que es "para regalar", cosas que estando en sano juicio, ni se nos pasarían por la cabeza: una manta con brazos para una abuelilla que se mueve poco del sofá (en realidad es para que no tenga que gastar en calefacción, que la pensión no da ya para esos "lujos"), un pijama con forma de disfraz de reno, cuernecillos de tela incluidos, etc., etc. y etc.

(Me voy a guardar lo que pienso de los que atesoran "barriguilla" durante todo el año para el disfraz de Papá Noel, si, me refiero a esos que no necesitan ponerse un cojín de relleno).

Lo reconozco, con los regalos a veces me vuelvo un poco cabroncilla malévola y busco lo menos tradicional (nada de corbatas, calcetines o colonias..., bueno, a veces si) sólo por el placer de ver la cara que pone el afortunado cuando abren el papel de regalo. No lo puedo evitar, con eso, también disfruto.


Pero tanto centro comercial, con esas luces, esos escaparates..., tanta gente comprando como si se fueran a acabar las existencias, esa alegría por gastar aunque no nos haya tocado nada en la Lotería..., es como para hacer un reportaje, si es que no se ha hecho ya alguno. Demasiadas tentaciones. Si, demasiadas.

Alrededor del solsticio de invierno (otro día comentaré lo que me pasa en rebajas) empieza a propagarse la epidemia por mi interior y con niños en casa empiezo a imaginar sus caras de alegría en día "D", hora "H" (que suene ser siempre muy temprana) y sólo de pensar en lo que pueden recibir y de lo ilusionados que se ponen, ya me lleno de alegría.

Tengo muchos vicios, este es de los confesables y aunque sean cosas de poco valor, el hecho de poder adquirir, cuando durante muchos años no he tenido ni para cosas muy básicas, me da una sensación interior difícil de explicar y por otro lado, una vez hecho el desembolso (me refiero a cuando vuelvo a casa y vuelco el bolso encima de la cama), me da una sensación de culpabilidad que me cuesta encajar.

Ahora que no puedo ya llevar tacones de infarto, colecciono pendientes y bolsos, camisas y vestidos cortos (en realidad, justo justo, por encima de la rodilla, porque menos en mi caso, no me parece elegante) y disfruto comprando aunque sea en una tienda de chinos, ambientadores o bandejas de mimbre para usar como paneras.

Dado que mi nivel adquisitivo es el propio de una mileurista de la franja baja del mileurismo (y tan contenta de seguir teniendo nómina todos los meses), no me da para dispendios de lujo, pero comprando, que se le va a hacer, comprando de momento disfruto.

Ho- ho- hooo.

lunes, 16 de diciembre de 2013

El sabor de lo irrepetible.

No tiene porque ser una situación extraordinaria la que te haga sentir que hay muchos matices en la vida y que te estás perdiendo.

Basta con salir de lo cotidiano, de levantar el día cuando el día ha empezado a una hora no habitual y salir de casa cuando otras veces, la rutina te marca tareas, que siempre son las mismas.

Basta con dejar que tus pasos te guíen por lugares conocidos, que parecen nuevos si los ves con una luz distinta.

Es suficiente con pararse tan solo un minuto y mirar, ver como la luz se filtra a través del agua, respirar el aire húmedo y frío. De sentirse a solas. Una vez más.

De sorprenderte con cosas sencillas: sólo luz, sólo agua en movimiento.


La luz de otro día que se abre paso, poco a poco. Otro día igual a otros, pero en parte diferente. Al fin y al cabo sólo es frío, sólo es luz, sólo es agua que fluye, pero así fluyes, vida.

Tan sólo eres agua, pero me bastas, agua. Agua que me empapa, agua que me moja y ni tan siquiera estoy cerca.

Y me acerco a ti. Una vez más, porque para eso me atraes con irremediable fuerza. Oigo tu llamada y aquí me tienes una vez más. A tus pies. Agua.


Me acerco. A ti y sólo a ti, que rompes con tu agua sobre mi piedra. Que me moldeas aunque no quieras. Que rompes en mil partículas de luz todas las moléculas que me componen.

Porque sólo tu estás presente en todo lo que hago, vaya a donde vaya y esté con quien esté. Sólo tu, el agua que calma la sed que siento, a veces fría, a veces me quemas.

Me acerco un poco más, antes de tener que alejarme. Otra vez.


Y eres tu. Y sólo yo. Unidos día y noche. Tu que mojas. Yo que me dejo mojar. Te miro. Admiro tu sencillez. Grabo para siempre en mi retina este instante.

Y me alejo. Sin mirar atrás. Como hacía antes.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Hasta la medula.

Mi madre, que es una de las dos personas en el mundo que realmente me conocen bien, dice que a veces "me pongo muy mística".

Y si es cierto, lo llevo en la sangre; bueno más bien lo arrastro en mi signo. Desde que nací. Para ser exactos.


Hay veces que me dejo llevar por mis pensamientos y me quedo columpiándome en ellos tranquilamente. 

Oscilo entre el debo y el quiero.

Levito. 

No me centro. 

Se me va la vida en otro pensamientos que no son los que debería tener. Suspiro, miro a un lado y a otro y me veo viendo pasar mi vida por delante, petrificada, sin atreverme a vivir.




Sedente y sedienta de un agua que no llega. 

Intranquila. 

Y por fuera la viva imagen de la calma. Mientras que por dentro el riachuelo tranquilo da paso al torbellino de agua y éste a la más vertiginosa de las cascadas.

Veo un futuro de no sólo uno. Pero a veces, pierdo el ánimo y la paciencia. Me dejo llevar por los pensamientos menos positivos y voy nadando, a veces río arriba, a veces sólo contra corriente.

Se que esta dualidad la llevo sobre mis hombros, que me acompaña y me acompañará en todos mis pasos, ya sean en mis presentes carreras contra el reloj o en mis futuros paseos tranquilos por la arena.

Lo se mamá, a veces me pongo "muy mística", eso me pasa por ser pez de marzo.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Tradiciones.

Toda familia tiene las suyas. Toda casa tiene sus propias costumbres.

Cuando das forma a tu nueva vida y la dotas de un espacio propio, personal, a tu gusto, decoras en función de tus preferencias. Imprimes tu personalidad en cada rincón, en cada detalle y luego le vas dando coherencia con pequeñas tradiciones, ya sea diarias o de repetición anual.

En esta santa casa hay varias cosas que se llevan repitiendo como una costumbre arraigada, desde hace varios años.

Una de ellas, es que cuando llega diciembre, me regalan una Flor de Pascua. Siempre busco el mejor rincón para ella, que esté alejado de las corrientes de aire que la aniquilan, que tenga luz y temperatura constante. Siempre busco el lugar donde la vea nada más llegar a casa. Y me alegre.

Llega a primeros de mes, va perdiendo poco a poco sus hojas. Y a veces ha sobrevivido hasta el verano, exhultante de color, desentonando con el resto de la decoración de la habitación.


Otra es recorrer la Puerta del Sol el 31 de Diciembre por la tarde, antes de que se llene de los personajes más variopintos, antes de la última cena del año. Año tras año se ha ido repitiendo, se ha ido sumando gente y en la foto de familia no hemos sido ni uno, ni dos, ni tres.

A pesar del frío mi planta, ella, ya ha llegado también este año. Este año vuelve a ser roja, pero también he tenido el regalo anual en su variante amarilla. Aún más bonita o al menos, por ser menos habitual, más exótica, pero también un poco más delicada, es la que más me ha gustado de todas las que he tenido.

También pondremos el árbol, adornado de angelitos, de preciosos angelitos dorados, suaves y entrañables, como no podía ser de otra forma, siempre presentes en esta casa, de una manera u otra. Adornaremos la escalera con las piñas recogidas en las pocas ocasiones que hemos podido salir al campo. También cada año son más, cada año añadimos algún elemento nuevo y ir sumando en lugar de restar, también se ha convertido en tradición. Algunas piñas las pinté siendo una niña y han acompañado mis finales de año desde hace décadas.

Aunque vayan variando las circunstancias, aunque este año tampoco la situación sea la que a mi me gustaría que fuera, este año se dará la bienvenida al tiempo de Adviento.

Y nos prepararemos para el cambio de un periodo a otro. Con la esperanza de que el fin de un año y el principio de otro sea para que lleguen a nuestras vidas todo aquello con lo que hemos soñado.

No me gustan estas fiestas. Me producen una tristeza sin precedentes, pero como bien dijo hace tiempo un amigo, de esos que la vida te pone en el camino, con niños se viven de forma diferente. Y es cierto, con niños en casa vives la ilusión de recibir el regalo deseado, como si fuéramos de nuevo niños todos, sin serlo. Y disimularemos la desilusión de no tener el juguete soñado, como cuando no recibías lo que tanto querías tener.

Ese año inculcaré nuevamente la tradición de estar con la familia, de regalar para alegrar al que recibe, de hacer resumen y balance de lo dejado atrás. Y de lo afortunados que somos por seguir viviendo.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Ahora necesito...

Cuando el dolor me muerda sin piedad, necesito:

- que no me recrimines nada.
- que tengas paciencia con mi ánimo.
- que no tomes demasiado en serio mis palabras (sobre todo si son reproches).
- que escuches mis quejas, pero no me juzgues.
- que me abraces sin hacerme daño.
- que me observes, pero a veces que ni me mires.

Cuando el dolor transforme mi cara, necesito:

- que me acompañes.
- que no sueltes mi mano.
- que me dediques otra palabra más de cariño.
- que no dejes de recordar mis sonrisas cuando estaba bien.
- que me cuides para que no me sienta abandonada.
- que respetes mi espacio y mi silencio.

Cuando el dolor me atenace por dentro y por fuera, necesito:

- que no me dejes de lado.
- que no confundas mi enfado con el mundo, con enfado hacia ti.
- que no me des la espalda, ni mires hacia otro lado.
- que me dediques otra sonrisa que me haga levitar de alegría.

Cuando el dolor invada mis huesos, necesito:

- que me beses hasta olvidar como se respira.
- que rodees mi cintura con tus manos, una vez más.
- que camines despacito, como lo hago yo.
- que mires mi alma, pero que no me compadezcas.
- que me mimes aún un poco más, si es que eso es posible.

Cuando me desanime porque el dolor no ceda durante días, necesito:

- que me dejes andar sola, pero no pierdas de vista mis pasos.
- que pienses que cada mueca es una sonrisa que te dedico.
- que tengas paciencia, porque todo termina pasando.
- que no sufras por mi, porque eso no me ayuda.
- que no pienses ni por un segundo que voy a tirar la toalla.
- que tengas claro, que siempre salgo a flote.

Cuando el dolor se intensifique, hasta la lágrima, necesito:

- que sepas que lo que quiero no cambia, sólo lo aplaza.
- que me dejes llorar, si eso me alivia.
- que hay cosas más fuertes que siento y casi todas son buenas.
- que me ayuda a valorar más los buenos momentos.
- que al final cede, pasa, se aleja y tarda en volver.

Cuando el dolor ya haya pasado, necesito:

- que no hagas como si nada hubiera pasado.
- que me ayudes a prepararme para la próxima.
- que sigas estando a mi lado.



lunes, 18 de noviembre de 2013

Bajo tu paraguas.

Cuando los días se vuelven repentinamente grises, sin atisbos de sol, pero dejan imaginar la luna llena entre las nubes, me gustaría que estuvieras más cerca.

Sobre todo cuando la lluvia no da muchas treguas. Y se hace monótona y limitadora.

Los paseos lentos con el aire impregnado en el aroma de la leña, esa que se consume en alguna cocina o en alguna chimenea de pueblo, hacen que quiera tenerte aún más próximo, las mañanas de domingo. Ese olor a leña que se consume poco a poco, evoca recuerdos de infancia lejana, a primeras salidas fuera de casa, a aventura, a tradición que se diluye. A cosas que no queremos que se pierdan entre las telarañas de la memoria.

Si respiro profundamente, el recuerdo lleva hasta mi de nuevo, el aroma de tu particular perfume. Que no estés cerca no significa necesariamente que no estés presente.

Y sigo caminando.

Aunque camine sola, se que compartimos la misma protección contra el agua fría que nos cae encima.


Que los dos estamos bajo la misma borrasca, de parecidas nubes. Pero juntos es más fácil. Al menos ese es el consuelo mutuo, mientras no deja de llover.

Y porque bajo tu cobijo, mirar hacia arriba tiene otro color. Nada es tan gris, nada es tan aburrido.



Porque a tu lado, no siento el mismo frío que cuando te marchas. Ni el mismo silencio, ni la misma sensación de infinito vacío.

Bajo tu cobijo, las horas se hacen segundos y el tiempo se escapa entre nuestras manos, con prisa, contando los segundos.

Bajo la protección de tu refugio, da igual que me empape de lluvia o de agua. Da igual la oscuridad, da igual que fuera la luz sea cegadora o que vaya cayendo la noche.

Bajo tu paraguas, la luz se filtra con otros matices. Y ya no hay casi gris, ni casi negro, ni casi.


Porque hasta los días de lluvia intensa, si tu estás ahí, no se me desdibuja la sonrisa. Ni se muda de color mi alma.

Casi nada importa. Casi. Y el infinito se tiñe del color de la esperanza. El cercano futuro se torna del color de la primavera, que cuando menos lo esperemos, estará llamando a nuestros pies. Sólo tenemos que tener paciencia y esperarla.

martes, 12 de noviembre de 2013

Los frutos de la vida.

Tengo una vecina. La vecina tiene un olivo. El olivo tiene ramas. Las ramas invaden mi jardín. Mi jardín se llena con sus aceitunas los días de viento. Al día siguiente de hacer viento retiro las aceitunas que han caído en mi terreno.


Mientras me agacho para recoger las aceitunas me pongo filosófica. Soy rara. Ya lo se.




He visto como se formaban pequeñas bolitas en los brotes. He visto como iban engordando poco a poco y ahora estoy viendo como cambian de color y empiezan a oscurecer.



Pero cada vez que entro y salgo de casa, me pongo filosófica y pienso en que ante mis ojos la "madre Naturaleza" no deja de darme lecciones.



Esas aceitunas son como mi propia vida. Y no lo digo porque a veces estoy "colgada del guindo" (o como las aceitunas, colgada de una rama)  y no espabilo. Lo digo porque han crecido poco y despacito, porque ahora están en su mejor momento y están empezando a madurar, a mostrar lo mejor de si mismas, en algunas ramas van más adelantadas, en las que están más escondidas del sol, menos.



Se están formando para dar todo lo que tienen, desde la carne al hueso, para servir a otros de alimento.



Entro y salgo de casa pensando en cuales son los frutos de mi vida. 



Y se que no son precisamente las metas laborales (esas son las aceitunas amargas del cesto, porque yo quería ejercer de melocotón y no de aceituna) y porque me siento como en prensa de almazara. Literalmente. Y sin poder cambiar.



Tampoco en lo personal los frutos son los mejores. 



No se si soy aceite picual, arbequina, cornicabra, arroniz, hojiblanca, o simplemente soy simple aceituna sin clasificar. 



Mi resultado oleoso no se si es el mejor, pero es el que es. Soy lo que soy, tengo lo que tengo y me he ido buscando.



Todos tenemos lo que hemos ido eligiendo en función de las alternativas que la vida nos ha ofrecido a cada uno.



Cuanta verdad hay en una de mis frases favoritas: "esos polvos han traído estos lodos". Y que necesario es a veces el lodo para que sea fértil el terreno de cultivo...



Todos vamos sembrando nuestros propios olivares. Pero para algunos ha llegado el momento de varear y recoger. 



Por eso, cuando entro y salgo de casa, pienso que ha llegado el momento de dejar de besar ranas y empezar a disfrutar del aperitivo. 



Que nos quedan cuatro días. 



Y no se si mañana hará viento.



Mi vecina tiene también un manzano. Las manzanas dejaron de estar verdes hace tiempo. Algunas manzanas caía en mi terreno. Y algunas tenían gusano dentro.







miércoles, 30 de octubre de 2013

Color de...

¿De qué color visto mi alma cuando los días sean más cortos? Cuando las sombras sean alargadas como lo son las noches. Cuando el hastío de lo monótono, de los días sin ventanas al mundo, no me deje ver la sabía que se ralentiza, poco a poco, replegándose hasta que lleguen momentos mejores.




¿De qué color visto mi cuerpo cuando los árboles se vayan desnudando con la misma prisa de los enamorados que no ven la hora de sentirse juntos?




¿Cómo será la vida de los gatos, cuando no tengan el cobijo de las hojas, ni verdes, ni amarillas, ni marrones? ¿donde irán a esconderse de las miradas curiosas de niños y paseantes?





¿Cuánto tiempo pasará para que los patos dejen de estar tranquilos?




¿De qué color tiño mi armario para estar mimetizada con la vida?






¿De gris? ¿O como la porción de cielo que veo desde mi ventana las tardes de semanas y semanas en las que el sol se esconde? ¿De negro como mis interminables madrugadas?



Guardo un resquicio de luz, de variedad de color para los mediodías diferentes, para las escapadas sin excusas al centro de la felicidad, con sus variantes, con sus rarezas, con sus matices. Con sus luces y sus sombras.





¿Cómo miraré los atardeceres brillantes? ¿como serán los días del día después? ¿tendrán risas? ¿tendrán dudas? ¿vendrán?



¿Cómo recordaré la luz que se filtraba entre las hojas?
¿serán pacíficos los días o como las aguas del lago de mi juventud? ¿tendrán algo de azul? ¿me empezará a gustar alguna vez el verde?



¿Serán como inesperadas caricias de plumas blancas o serán sólo la gracia de su recuerdo? Se que será el recuerdo del calor del sol, en tardes sin excesivas prisas. Se que será el sonido acompasado de los pasos de dos sobre la tierra.


Se que será así, cada recuerdo de lo bueno, lo que no se de qué color se vestirá mi ánimo, cuando vayan pasando los días y no estés a mi lado.

viernes, 18 de octubre de 2013

Mi mundo visto a ras de suelo

Veo el mundo desde otra perspectiva del resto, porque para eso soy bajita.

Veo lo que los otros no ven, porque muchas veces miran por encima de su hombro y se olvidan de lo que hay por debajo de él.

Te veo, cuando no me miras.

Y si me siento tranquila una mañana soleada de otoño a deshacerme al sol, sobre la hierba húmeda, me siento como la hormiga y a la vez la cigarra, porque veo el mundo desde la línea que hay pegada al suelo.

Si me fundo con el azul y las nubes, a través de las hojas que aún no son ámbar y me mimetizo con las sombras de las que aún no han caído, me siento aún más pequeña, minúscula, porque mi nivel está muy bajo y hay mucho mundo por encima.


Si miro desde la altura de la hierba, todo parece demasiado lejano, pero puedo observar como lo hace un niño y te aseguro que no se ven las mismas cosas, ni de la misma manera.


Todo depende de la perspectiva desde la que mires. Tu realidad no es mi realidad porque no miramos las cosas desde el mismo ángulo, ni tenemos el mismo prisma.

Hasta el tiempo parece otro y parece que pasa más despacio cuando el sol calienta mi pelo y el viento mece con suavidad las hojas que se aferran a los árboles.

La hierba huele a hierba de verdad y vuelve a manchar mis pantalones, como hace años. 

La prisa no es la misma prisa, cuando me siento a mirar a mi alrededor. 

Veo pasar la gente que me mira extrañada. Cierro los ojos e imagino ese mismo sol en otro sitio. Abro los ojos y veo que a ras de suelo, nada es lo mismo.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Sonríe, ¡por favor!

Una de las cosas que más detesto en esta vida es tener la boca abierta durante minutos y no poder decir lo que se me pasa por la cabeza. Abstenerse de imaginar nada los que tengan la mente sucia, simplemente me refiero a lo mal que lo paso cuando tengo que ir al dentista.


No me da miedo, en absoluto, pero mi odontóloga no para de hablar y no puedo contestarla, ni darla conversación mientras ella trabaja.

No sólo no me da miedo, para nada; según L., tengo el honor de ser la primera paciente que se le ha quedado dormida mientras le practicaba una endodoncia sin anestesia.

Y digo dormida, pero dormida profundamente en el sillón (cosas de las hormonas en el primer trimestre de embarazo, combinado con falta de sueño durante varios años, hicieron que en una época no muy lejana de mi vida, cada vez que me sentaba en su consulta, me quedara dormida), a pesar del foco encendido encima de mi cabeza, el sonido del torno, nada melodioso y un "ligero" dolorcillo mientras me mataban el nervio.

Todo sea por lucir una agradable sonrisa, pienso en esos casos, sin poder verbalizar nada y sin decir ni "pío".


La sonrisa, para el que no tenga a mano un diccionario para consultar, es esa energía mágica que transforma la cara de las personas, transmuta su ánimo. 

Es esa forma silenciosa de reírse, sin hacer ruido.

Es la imagen que más me gusta atesorar de las personas: la expresión de sus caras cuando traspasan el umbral de mi casa, con la comisura de los labios curvada hacía arriba. Es la imagen en el rostro de alegría cuando hace mucho rato que no ves a alguien a quien quieres mucho ver y te responden con una sonrisa y un: "ahora que te veo, estoy mejor".

Es la expresión exterior de que por dentro tu cerebro está generando endorfinas en ese momento, a toda máquina; es el reflejo de que eres feliz, aunque sea durante unas breves briznas de tiempo.

Me gusta pensar en las personas que quiero cuando están sonriendo. Me gusta el sonido de la risa de mis hijos bajo mis "implacables ataques de cosquillas". Me gusta el movimiento #spidertanga, porque persigue un maravilloso fin: arrancar una sonrisa (y no sólo a Paris). Me gusta pensar que si me río, se reducen mis dolores. Me gusta mirar que algunas de las arrugas de mi cara son de sonreír tanto.

Me gusta recordar el día de la primera sonrisa de mis hijos. Me gusta recordar los momentos de sus carcajadas cuando juegan, hasta caerse de espaldas.

La sonrisa es universal. La sonrisa es un bien personal que hay que entrenar con práctica diaria para que no se oxide. Me gusta hacer trabajar a mi sistema límbico y que rabien los que no saben que una sonrisa abre más puertas que cuatro gritos.

De verdad, no me importa tener que pasar por el dentista, si así, cuando sonrío, lo que ven los demás es un buen reflejo de lo que siento por dentro.

Y ahora: sigue sonriendo. Hazlo cuando pienses en el lado bueno que SIEMPRE tienen todas las cosas. Sonríe cuando quieras decir algo bonito y no encuentres la palabra precisa. Sonríe cuando me veas sonreír y alegrate de lo que compartimos juntos, sea mucho, sea poco, aunque sea menos de lo que esperas.



Sonríe, ¡por favor!, que se te ilumina la cara. Y además es muy bueno para tu salud.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Bolita

Mi reducido círculo de amistades es conocedor de mi afición a los bóvidos.

Después de años de insistencia, por fin he conseguido hacerme con este ejemplar en forma de tierno y abrazable peluche, imitación en tela y relleno suave, de los del tierno balido.


La amable oferente que me lo ha donado en propiedad, para uso y disfrute personal es desde ese momento la primera en la lista de mis inexistentes oraciones que se resumen en un:

 ¡¡Gracias maja!!

Mira que tenía yo ganas de traérmela para casa y a fuerza de insistir hasta aburrir he conseguido que me la regale. Así que después de a-ñ-o-s de pedir sin obtener, de esperar sin desesperarme en la espera:

¡Gracias de nuevo!

Es suave, es tierna, es inmensamente blandita.

La veo y me entran ganas de achucharla. Y huele a vainilla...
(después de eso, poco más me queda por decir, salvo que la veo y sonrío, que la abrazo y sonrío, que aspiro su aroma a vainilla y recuerdo...)

lunes, 9 de septiembre de 2013

La sal de la vida.

No apreciamos lo que tenemos hasta que dejamos de tenerlo.
(Proverbio personal).

Durante los últimos años (y mucho más en los últimos meses) había perdido pequeñas cosas en grandes batallas diarias. Renuncias sin importancia, pero enormemente importantes y necesarias para mi equilibrio personal. 

A saber: intimidad en el baño, horas de sueño, el tiempo necesario e imprescindible para una ducha tranquila, desayunar sin sobresaltos, comer sin interrupciones cada dos minutos, pintarme las uñas con calma, pasearme sin prisas y sin rumbo predeterminado, hojear las revistas "del cuore" sin que te arranquen las hojas, cocinar por el placer de crear algo rico y no como algo indispensable para sobrevivir. Y un largo etc., de lo más variopinto.

De este compendio de sin sentidos surgió la inaplazable necesidad de aislarme y estar sola, de alejarme, poniendo kilómetros de por medio, de la fuente (inagotable) de mis desvelos (literal esto último a más no poder). La solución: irme al menos unos días.

Así que tomada la decisión de viajar sola, vencidos todos los miedos y casi todos los remordimientos ya solo quedaba tener las suficientes narices (cosa que se que tengo de sobra) y arrancar el coche, con una maleta individual, preparada la noche antes y sin el verdadero convencimiento personal de ser capaz de enfrentarme a un viaje en solitario y a solas con mis pensamientos, un viaje con un único billete, de silencio y recogimiento interior, que tanto ansiaba, que tanto necesitaba.

Mi primera idea había sido refugiarme tras los muros de un convento, con regla de estricto silencio.


Quien me conoce bien, puede adivinar, sin miedo a equivocarse ni un poco, que es totalmente cierto. Al resto le puede sonar a broma, pero nada más alejado de mi realidad. Este fue mi primer pensamiento durante semanas.

Pero en un arranque de hedonismo, al más puro estilo propio, pensé que para estar encerrada y en silencio, ya puedo estar en mi casa o en el trabajo.

Partir sin lágrimas en los ojos por los motivos de la marcha, por lo que dejaba momentáneamente atrás y por lo que sabía a lo que irremediablemente me enfrentaba, no fue lo más fácil precisamente y sólo ahora lo sé.

Mas allá del miedo a perderme, mas allá del miedo a lo que pudiera encontrar y que no me gustara, estaba el miedo a valerme por mi misma, sin necesidad de apoyarme en nadie para estar bien (ahora también se que esto no es posible para mi).

Necesitaba conducir sin prisa. Ver algo que me llamara la atención, poder parar el coche en plena carretera solitaria (absolutamente cierto, en este país hay carreteras sin coches, en las que no te cruzas con ninguno durante kilómetros) y disparar mi objetivo así:


Necesitaba pasear y perderme en el silencio del horizonte.




No escuchar nada más que el sonido de mis propios pasos sobre el camino. Por fin los míos y no los de otros.


Y notar como por fin, el corazón latía sin sobresaltos, sin necesidad de sentirlo descontrolado. De dejar de soñar en las nubes, pero vivir ese silencio como si estuviera colgada de una de ellas. Recordar cosas infinitamente maravillosas, viendo como se mutaban sus formas. Sin pensar y sin parar de pensar...


Necesitaba tiempo, pero no el tiempo sin límites, ese que nos espera a todos al otro lado de la valla de lo eterno...

Pensar para constatar lo que ya sabía. Que la sal de la vida la hacen las pequeñas cosas. 

Y las grandes, como el tener valor. 

Como el tomar una decisión y ser consecuente con ella, aunque estés equivocada y los demás piensen que estás huyendo, cuando en realidad te estás replegando a tus cuarteles de invierno, para tomar fuerzas para luchar (y vencer) en la próxima batalla.


La sal de la vida es compartir, con los que quieres, con los que de verdad te importan, con los que sin su presencia, aunque sea virtual, no entiendes tu existencia, tu propia y personal forma de entender la vida, esa vida que es solo tuya y de la que haces participe sólo a quien tu has elegido que forme parte de ella.


La vida a veces te pone en la disyuntiva de elegir que parte del camino quieres o puedes seguir, que no siempre es lo mismo. Pensar en cuales serán tus próximos pasos mientras sentada en una piedra has conseguido encontrar la poca cobertura que te permite hablar con quien quieres, por teléfono.


Y afortunadamente,  a pesar de la distancia espacial, en mi viaje a "la sal de la vida", conmigo han estado, de una forma u otra los que son y significan algo para mi.

Tan cerca como la hiedra que se une a la piedra, para protegerla de su propio frío.


La vida puede ser muy dulce, dulce como la mejor de las delicias de la repostería de cualquier convento de clausura, pero necesita su puntito de sal, aunque esa sal que se te pegue un poco a la nariz, cuando vas a ver a que huele.


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