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viernes, 18 de abril de 2014

Olor a torrijas.

Siempre eché de menos cuando era pequeña, tener un pueblo al que huir en vacaciones.Tener un sitio al que dirigirme, escapar para poder salir de la misma monotonía en casa.

Cuando llegaba la Semana Santa, mi pequeño barrio se despoblaba. Casi todos se iban con la familia, a cumplir con las tradiciones religiosas. El otro "casi" nos quedábamos añorando el tener un rincón en el universo en el que encontrarme con primos y más primos, con amigos de otros lugares que siempre estuvieran fielmente presentes en las vacaciones, puntuales a la cita anual con la devoción.

Al silencio y al recogimiento propio de la fecha, se unía el deshabitado silencio del rellano de la escalera. Sólo endulzaba esa amargura de la soledad, el olor a azúcar y canela. El olor a dulce y sencillo postre frito, a pan duro remojado en leche (a veces en vino dulce) que elaboraba con mi madre, tareas de intendencia familiar en las que colaboraba sin mucha afición, a falta de algo mejor que hacer.

En la blanca cocina, con el gran patio como testigo al otro lado de los cristales, miraba las nubes correr, escondiendo el azul a ratos. No había música, no había risas. A veces alguna sentida saeta en las pocas emisoras de onda media, que sintonizaba el transistor familiar.

Recuerdo esos días, como días muy largos. De juegos solitarios con mis muñecas. De penitencias de silencios. De ensalzamiento del dolor y la muerte. De la resurrección, sólo al final.

Si añoraba, tener un pueblo donde ir.

Por eso, muchos, muchos años después, intento absorber en estos días, la esencia de la vida alejada de las ciudades. Y si las circunstancias lo permiten, me gusta pasear por calles diferentes a las mías.

Esta vez, respirar el olor de la inminente tormenta, ahogada con un suave viento del norte. 


Cielo de contrastes de luz. Mi siempre azul preferido, contra el blanco y también contra el gris más oscuro. Y el silencio, sólo roto por el silbido de viento contra la madera. Meciendo las flores de la ya certera primavera.


De llanuras extensas, donde perder la vista. De pueblos blancos y extremadamente limpios. De encaladas calles vacías, tanto como mis calles de la infancia en estas fechas.


Recogimiento con olor a canelas calientes, fundidas con azúcar. Mezclados, en el recuerdo, el sabor de los guisos de bacalao en cazuela de barro, de mi madre.


Sigo añorando los pueblos, a pesar de vivir en uno. Sabiendo que en realidad añoro tener acompañado el alma.

Y para combatir esa añoranza, dejo que mi madre me siga preparando, mientras aún pueda, esas dulzuras de pan empapado, cuyo olor continúa inalterado en mi recuerdo.

2 comentarios:

  1. Huele muy rico tu post de hoy, sobre todo, porque trae aroma a primavera también...
    Un abrazo de canela.

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  2. Uhhmm, canela. Muy evocador, si señora.
    Besos.
    dulces, esponjosos y empapados en almíbar.

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