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domingo, 16 de octubre de 2016

Siempre empieza amaneciendo al inicio de mi libro nunca iniciado.




Se me pasan las horas.

Se me van los minutos, a ritmo de ciudad.

Haciendo cosas de forma simultánea. Mientras que las nubes le dibujan una sonrisa a mis obligaciones. 
A las reales y a las auto impuestas.

Freno la ansiedad creciente con mi cambio de perspectiva.
Y ya no sufro como antes por ello.

Respiro y pienso que no es posible abarcarlo todo. 
Y mi reconvertido espíritu zen suspira un poco más aliviado.

El verano que marcó un antes y un después aún sigue presente, en forma de dos propósitos básicos: vivir la vida con menos agobio, sentirme menos culpable por ocuparme también de mi tranquilidad.


Y a pesar de que hace muchas lunas que mis pies descalzos no se mecen con el ritmo de las olas, ni el sol del amanecer me acaricia goloso mi rostro, aún parece durar el efecto beneficioso de querer hacer las cosas de otra manera.


Hay menos culpa rondando mi corazón, por quererme a mi misma también.

No desatiendo a los que no se caen de mi pensamiento. 
Al menos intento que así sea. 
Pero tampoco antepongo a toda costa su felicidad a la mía.

Porque al fin y al cabo me iré cuando llegue mi momento. Y nadie entenderá ni agradecerá sacrificios.

Porque ya no espero milagros terrenales (ni celestiales) y sólo yo soy responsable de cuidarme y de mi bienestar.

Al menos ahora las horas no son una agobiante prueba contrareloj a superar.

Ni una lucha ti(ta)ránica por llegar a todo.

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