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lunes, 16 de diciembre de 2013

El sabor de lo irrepetible.

No tiene porque ser una situación extraordinaria la que te haga sentir que hay muchos matices en la vida y que te estás perdiendo.

Basta con salir de lo cotidiano, de levantar el día cuando el día ha empezado a una hora no habitual y salir de casa cuando otras veces, la rutina te marca tareas, que siempre son las mismas.

Basta con dejar que tus pasos te guíen por lugares conocidos, que parecen nuevos si los ves con una luz distinta.

Es suficiente con pararse tan solo un minuto y mirar, ver como la luz se filtra a través del agua, respirar el aire húmedo y frío. De sentirse a solas. Una vez más.

De sorprenderte con cosas sencillas: sólo luz, sólo agua en movimiento.


La luz de otro día que se abre paso, poco a poco. Otro día igual a otros, pero en parte diferente. Al fin y al cabo sólo es frío, sólo es luz, sólo es agua que fluye, pero así fluyes, vida.

Tan sólo eres agua, pero me bastas, agua. Agua que me empapa, agua que me moja y ni tan siquiera estoy cerca.

Y me acerco a ti. Una vez más, porque para eso me atraes con irremediable fuerza. Oigo tu llamada y aquí me tienes una vez más. A tus pies. Agua.


Me acerco. A ti y sólo a ti, que rompes con tu agua sobre mi piedra. Que me moldeas aunque no quieras. Que rompes en mil partículas de luz todas las moléculas que me componen.

Porque sólo tu estás presente en todo lo que hago, vaya a donde vaya y esté con quien esté. Sólo tu, el agua que calma la sed que siento, a veces fría, a veces me quemas.

Me acerco un poco más, antes de tener que alejarme. Otra vez.


Y eres tu. Y sólo yo. Unidos día y noche. Tu que mojas. Yo que me dejo mojar. Te miro. Admiro tu sencillez. Grabo para siempre en mi retina este instante.

Y me alejo. Sin mirar atrás. Como hacía antes.

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