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lunes, 29 de julio de 2013

El cielo bajo el que habito.


A veces se cubre de crepúsculos inmensos, como interminables parecen los días. 

Poco a poco se tiñe mi cielo del color del fuego, como preludio de noches de inmensa oscuridad que no parecen querer ceder nunca. De oscuro por dentro y por fuera, como el vaso medio vacío, pero que en realidad está por completo desprovisto de contenido.

A veces da lugar a noches de mágicas ilusiones, como avance de lo que serán los días venideros. Esperanza urdida entre matices del color de la pasión, que avivan los recuerdos y los anhelos. Que predisponen para abandonar la añoranza entre sus propios lamentos.Y dejarse llevar por la ensoñación, que cuando se convierte en realidad deja muy atrás a los supuestos.

Cuando no quieres que te abandone el día, no quieres que prosiga su inevitable desenlace, ni caer en brazos de la noche, una vez más huérfana de consuelo. De momentáneos instantes y de fugaces momentos en los que abrazas el cielo y caes por una pendiente sin control, sin frenos.

Cuando sólo esperas que pase pronto, como un negro trámite hacia otros días, otros momentos mejores, miras como lentamente gana la guerra contra la luz y se adueña del cielo. Confías en que sea mero tránsito hacia lo venidero. Te fascinan sus matices y te enamoras de cada pincelada. De esa paleta de pintor a la que llamamos vida.

En el cielo bajo el que habito pasan cosas, pasa el día a día. Con sus momentos de gloria y de infierno. Nace y muere gente. Hay encuentros y distanciamientos. A silencios, hay gritos. Hay risas y desconsuelos. Hay manos que se tienden para ayudar y hay salvavidas que se alejan dejándote el alma huérfano.

Hay millones de ocasos, uno para cada uno que es capaz de verlo. Y de sentirlos. Y de almacenarlos para el recuerdo. Para el que los atesora entre sus brazos y ya no se desprende de ellos.

A veces puedo pararme unos minutos, destellos fugaces del tiempo, a vivir sin preocuparme. A dedicarme a mi misma tiempo. A contemplar y a fijar para siempre en mi alacena de suspiros esos anaranjados regalos de luz. 

Si los vivo en soledad, se precipitan en cascada interior infinitas lágrimas agrias, sin humedad, jamás visibles para el resto. De resentido aislamiento. Si no puedo compartirlos, al menos, si puedo mostrarlos y perpetuarlos en el tiempo.

De revivirlos. De lamentarlos en silencio. De pensar que pueden significar que afortunadamente ha habido un día más y que lamentablemente, a la vez ya queda un día menos.

Que he vivido o que he desaprovechado el tiempo. A partes iguales. Que puedo tener la luz o la oscuridad. Que yo también puedo elegir lo que quiero. Que por fin se que es lo que realmente quiero.



2 comentarios:

  1. Tú sí que eres verdaderamente el mejor de los cielos.
    Un abrazo.

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  2. Pero hasta en los cielos más hermosos, a veces se forman tormentas tremendas. Hay amaneceres perfectos y puestas de sol de belleza infinita. Y en ellos puedes ver revolotear a los ángeles.
    Todo depende del momento.
    Un beso inmenso.

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