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viernes, 17 de enero de 2014

Floting.

Después de mucho tiempo me he decidido a hacer algo que necesitaba hacer.

Lo he pensado, he visto las opciones y sentido como la oportunidad y la necesidad se aliaban en mi camino para ayudarme a inclinar el platillo de la balanza hacia uno de los lados. El de la acción y no el de la reacción.

Era el momento de ponerse en marcha, de abandonar el sendentarismo y la autocompasión. De lanzarse a emplear el tiempo en algo más que a veces paseos.

Y después de mucho tiempo he vuelto a nadar. Ya no me importa ni mi imagen en el espejo, ni mi aspecto exterior. Después de muchos años, un poco más de la mitad de mi vida, llega la hora de pensar que hay que cuidar lo que queda en pie de mi.

Apenas un poco de tiempo, unos escasos minutos semanales, pero me bastan para empezar. Se que mi forma física necesitará de mucha paciencia. Y mi ambición sólo alcanza a cubrir los objetivos que me vaya marcando.

Es domingo por la mañana. La luz de otro día nublado y tristón atraviesa las cristaleras que circundan el gran vaso azul. Una ducha para tomar contacto con la temperatura, unos estiramientos y bajo despacio por la escalerilla.

La temperatura es perfecta. La primera sensación es agradable. Me ajusto mi gorro, respiro y lo que primero me sorprende es que vuelven los recuerdos de serenidad una vez sumergida, que una vez sentí. Sólo el sonido del agua y mis pensamientos.

Esa agradable sensación de aislamiento cuando vas avanzando, atravesando el agua. Sólo se oye el eco de mi propia voz interior, que me dice que tengo que controlar la respiración y el movimiento. Sincronizar, serenar mi ritmo, dosificar el esfuerzo y continuar avanzando, porque al fin y al cabo no hay motivo para no llegar la primera.

Ya no hay con quien competir, porque para eso estoy completamente sola en esta mañana. Y prefiero que sea así, por el momento.

Nadando de espaldas puedo ver como las nubes que hay al otro lado del techo de cristal permanecen inmóviles y yo soy quien se mueve. Veo la marca de las banderillas rojas. Sigo un poco más hasta llegar al otro extremo.

Paro un poco. Acompaso mi respiración al ritmo un poco acelerado de mis latidos. Los años no perdonan. Se nota que están muy lejos los 15 años.

Toca seguir. Y recuperar la técnica perdida. Suave. Despacio. Como me solía gustar hacer estas cosas. Ya no tengo que demostrar nada. Porque se que puedo y ahora es el momento de hacer algo por mi.

En la soledad del agua batida, soy más que nunca consciente de que ahora no puedo venirme a abajo. Si me hundo nadie va a venir en mi ayuda, porque no hay nadie más. Y aunque durante una fracción de segundo el miedo a perder el control, a dejarme llevar al fondo cruza como un rayo por mi horizonte inmediato, se que no va a suceder así. Aunque sepa que hay un par de metros de agua debajo de mi.

Sólo estoy yo y sólo consigo avanzar con lo que mi cuerpo y mi propio esfuerzo me permiten, aunque no sea mucho, aunque no sea de la mejor manera posible. Pero cada vez lo haré un poco mejor.

Son momentos en los que pienso que no voy a tener ayuda para llegar al otro extremo. Y estar cada vez un poco más cerca me da fuerzas para continuar.

Fin de la segunda vuelta. 

Paro un poco. Vuelvo a regular la respiración, que me cuesta controlar. Aún. No lo recordaba tan difícil. Pero eso era antes y ha pasado mucha vida mientras tanto. Ya no soy la que era, pero sigo siendo yo. Al menos, un poco más serena.

Me animo a mi misma. Hay que seguir. Y aprovechar cada minuto que me queda. Mientras pueda. Y no me arrepiento, porque tarde o temprano tendría que hacer algo así.

Respiro. Ya estoy lista para seguir. Que para eso soy pez.



O vieja tortuga que se mantiene a flote, mientras ve como otros peces nadan.

El tiempo dirá si mereció la pena lanzarse a la piscina.

2 comentarios:

  1. Creo que siempre merece la pena. A mí es el único deporte que me gusta. Debe de ser nuestra naturaleza de peces.
    Un besito.

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  2. Si, es nuestra naturaleza de pez, aunque a veces creo que estoy un poco oxidada, jeje. Y no me fío mucho de mi misma porque a veces se me hunde el culete. Pero lo sigo intentando.

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