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miércoles, 8 de enero de 2014

Si el amor se pudiera medir.

Si pudiera ponerse en una balanza ¿cuánto pesarían los besos y lo abrazos que espontáneamente me regalan mis hijos? Esos besos que me llegan sin ser expresamente solicitados. Esos abrazos los fines de semana a la hora de comer, entre bocado y bocado, que te piden con una sonrisa pintada en la cara.

¿cuanto valen las muestras de amor fraterno que se dedican estos dos niños mutuamente y que me sorprenden y me encanta descubrir a hurtadillas cuando ellos no me están mirando?

¿cuánto vale una sonrisa cuando no esperas recibirla?

¿y cuánto vale un mensaje de ánimo cuando el tuyo está arrastrándose por el suelo?

¿a que se puede equiparar que cojan tu mano y te la acaricien con infinita dulzura cuando te sientes desamparada y triste?



Si pudiera medirse. Si se pudiera cuantificar de alguna forma.

Hay pocas cosas en el mundo que valgan tanto como una muestra de afecto, cuando tienes hambre de cariño. Cuando sólo entiendes la vida como una sucesión de distintas formas de manifestar amor al resto, aunque el resto sea un universo muy reducido. Un gesto, una palabra. Un mensaje (o dos) llenan el alma de sonrisas, de esas que cuesta que broten en la cara y que hay que empujar para que las sienta el corazón.

Cuánto dolor de espíritu se aliviaría si se repartiera más cariño, más dulzura, más demostraciones de amor, aunque sean sencillas.

Miro a mi alrededor en busca de un gesto amable. Buscar una caricia de manos que no se prodigan en bellos gestos. Esperar y suspirar.

Y cuando nada hace presagiar un poco de ese milagro, de esa gota de amor concentrada, llega un beso, una palabra, una sonrisa y el brillo de la inocencia en los ojos de los que siempre serán niños.

Y sonríes. Y suspiras aliviada, porque todavía existe la magia, esa que brota en los corazones, donde todavía el amor es moneda de cambio.

Menos mal que aún existen sentimientos que no se pueden abarcar, porque son más grandes que la vida que los alberga. 

Ahora. 
Mañana. 
Y siempre.

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