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jueves, 19 de enero de 2012

La invasión.

Como madre de prematura, aprendí lo que es el método canguro. Para quién no sepa de qué estoy hablando os recomiendo este artículo de "El País":

http://www.elpais.com/articulo/salud/NEONATOLOGIA/metodo/canguro/mejora/evolucion/bebes/prematuros/elpsalpor/20000404elpepisal_6/Tes

Gracias a que en la Unidad de Neonatos donde estaba ingresada nuestra hija eran seguidores de este estupendo método (y de la lactancia materna como la mejor alternativa en caso de ser posible), tuvimos la maravillosa oportunidad de disfrutar de lo que para nosotros fue una de las mejores experiencias durante los larguísimos tres meses y medio que duró su ingreso hospitalario, desde su inesperada llegada hasta el día en que nos pudimos ir a casa juntos los tres.

En aquel momento, no sin miedo por su gran fragilidad y por lo delicado de su estado, pudimos disfrutar del contacto piel a piel, recorrer su diminuto cuerpo, conocer sus pies, sus manos, su cara escondida entre tubos y cables. Cuando no era mucho más grande que mis pequeñas manos.



Indudablemente fue una experiencia positiva tanto para ella como para nosotros. Y aún hoy en día, a pesar de la distancia que supone recordarlo, sigo teniendo en mis dedos la sensación de la infinita suavidad de su piel, que se pegaba al principio a nuestro contacto, esa piel tan fina, que dejaba ver sus venas.

Aún hoy en día sigo sintiendo sus precarios latidos, tratando de acompasarse a los míos, cuando el calor de mi cuerpo era su fuente de calor y cuando el ritmo de mi respiración hacía que se estabilizara la suya y subieran sus niveles de saturación de oxígeno en sangre. Aún hoy en día recuerdo su diminuto tamaño y su escaso peso.

Ya en casa, sin tubos, sin cables, sin el "pulsi" (pulxioxímetro pedriátrico), por supuesto seguimos siendo devotos seguidores de este método y era para nosotros un placer sentirla piel a piel dormirse tranquila. Esto lo hicimos extensivo al día y la noche y no era raro compartir en todo momento nuestro espacio con ella.

Desde esos momentos han transcurrido ya cuatro años y medio y aún hoy en día, si se despierta en plena noche, su padre acude a su habitación a buscarla y la trae a nuestra cama. Un poco de incomodidad compensa nuestro sentimiento de culpa por haber tenido que pasar tantas noches a varios kilómetros de ella, cuando finalizaban los turnos de visita y teníamos que volvernos solos, sin ella, a otro lugar, a esperar que llegara un nuevo día y pudiéramos entrar de nuevo a verla, a tocarla, a disfrutarla.

Noches en las que sus "titas" de la Unidad de Neonatos le brindaban su calor, su tiempo, sus cuidados y todo su cariño.

Por eso ahora, cuando en plena noche llega a nuestro lado y se acomoda pegada a nosotros, para sentir nuestro calor y más dormida que despierta escucho su respiración tranquila y noto la suavidad de su cara contra mi cara, me siento una madre feliz y afortunada de poder tenerla a mi lado, contra todo pronóstico.

¡¡¡Bendita invasora!!!

3 comentarios:

  1. Esa nutrición afectiva es la mejor que ha podido recibir. Toda una bendición. Es un método maravilloso, tanto dentro como fuera de las Unidades de Neonatología. Un beso.

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  2. Una entrada muy bonita, que de recuerdos me trae.
    Esos bichines tan chiquititos, pero con tantas fuerzas, son nuestros pequeños campeones.

    Nosotros seguimos practicando el colecho, hemos convertido la cuna de Ariadna en cuna sidecar, así ella puede pasarse con nosotros en el momento que lo prefiera o simplemente dejarla dormir con nosotros la mitad de las noches, se duerme incómodo pero es un lujo poder hacerlo después de tantos días separados.

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  3. Si es verdad, ha pasado el tiempo tan deprisa...
    Pero recuerdo perfectamente aquellos días en los que estaba contigo y estábamos pendientes del reloj para la próxima visita. En la que me quedaba fuera pensando que no llegara el día en el que salieras y me dijeras que ella ya no estaba. La sensación de impotencia que me invadía todo el tiempo y de inutilidad.
    Gracias a Dios (ya se que tú crees que no) que llegó el día de llevarla a casa y lavarnos las manos cuando íbamos a verla. Hoy sigo emocionandome siempre que voy a verla y viene por el pasillo diciendo mi nombre, Ana, nadie puede decirlo como ella y que me den estas ganas de llorar.

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