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miércoles, 20 de junio de 2012

Capri.

Verano. Calor, mucho calor y la primera salida fuera del país de origen. Fue todo un descubrimiento, breve pero intenso. Su puerto, acogedor, encantador y muy bello.


Según se aproximaba nuestro ferri, me parecía aún más bonito. Mi miopía trataba de captar la vida escondida tras las ventanas de las casas.
Los destellos del sol en la mar me parecieron guiños de nereidas juguetonas. Sólo quería respirar despacio, que la brisa mediterránea desde Sorrento se quedara dentro de mi para siempre.

Una vuelta por la isla en una lancha fuera borda, nos descubrió a todo el grupo las imponentes y míticas rocas. Esas de anuncio de perfume de marca pija.


Pasando bajo su arco sentí que era un momento irrepetible. El sol, iba marcando mi piel sin protección y sin miramientos, pero no me importaba. Nada me importaba salvo disfrutar ese momento. Lorenzo sin compasión y yo sin nada que cubriera mis hombros.

Sólo iba a tener una oportunidad en la vida, sólo una vez. Tras subir a la parte alta, con más de un limonchelo en el cuerpo y a punto de pasar por el juzgado de paz local y hacer una insensatez, entre risas, mis pasos se encaminaron al Tragara. Sus bellas maquias me sorprendían. La exuberante vegetación en sus estrechas calles me hacía comprender porque es una isla querida por la gente adinerada.
Algunas villas eran de ensueño. ¡Qué pena no ser rica!, no me hubiera importado quedarme en Vía Caselle o en Vía Fourlovado alojada unos días o una eternidad.
El tic-tac inexorable me iba a arrancar de ese ensueño. Demasiada gente esperando para bajar al puerto, el tiempo en contra nuestra. Si perdíamos el barco, perdíamos al grupo. No podíamos llegar tarde.
Bajamos presurosos los interminables escalones de piedra. Un segundo, por favor, una foto más, que no se quede sólo en mi recuerdo.
Me falta el aire.
El sudor corría desde mi nuca, bajando por la espalda, más rápido que mis rodillas, que trataban de mantener firme al equilibrio, maltrecho ya por el cansancio del esfuerzo.
Justo a tiempo, están embarcando los primeros. Aún esperamos unos minutos y el resto de la pautada programación del viaje sigue su curso.
Ya en el barco de vuelta a Nápoles, con el atardecer ondeando en mi pelo, me voy a popa. Los motores rugen, la gente cansada comenta la vivencia del día y se enseñan mutuamente los suvenires, como prueba de recompensa de cazador turístico.
Y allí, dejó que mis manos se agarren con fuerza a la barandilla metálica, picada por el salitre. No puedo mirar indolente, no puedo evitar que se escapen las lágrimas, fingiendo que el Mediterráneo me moja la cara.
La fuerza de los motores levanta cada vez el agua con más fuerza, cada vez mi ropa negra está más empapada.


Cada vez está más lejos y ahora, en el horizonte, se desdibuja para siempre. Se oculta, ya no lo veo. Hasta siempre.

4 comentarios:

  1. Ha llegado la brisa hasta aquí...¿y si nos hacemos una escapadita amiga? ains...
    Un beso.

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  2. Pues es un sitio estupendo para unas vacaciones locas, lo malo es que es caro, bastante caro.
    Venga, yo lo organizo y tu pagas, jejeje.
    Besotes marineros.

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  3. Me has empapado contigo de ese mar. Pero hay muchos mundos por descubrir, a veces están ahí al lado.

    Un beso.

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    Respuestas
    1. La sensación del agua salada, la humedad sofocante en un día tan caluroso, las vistas de la bahía, es un mundo de inigualable belleza.

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