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martes, 10 de julio de 2012

Los veranos de antes.

Este calor tan estupendo, mucho menos que en la tierra del fisio de mi hija, me hace recordar mis veranos de cuando era niña.

Nada que ver con los de ahora. Para empezar, la tele no era de continua emisión, por lo que por las tardes, o te morías de aburrimiento escuchando a Elena Francis (a los más jóvenes debe sonar a chino) o te echabas la siesta, algo que no he podido hacer por mucho que se empeñara mi santa madre en taparme las ventanas para que no entrara la luz y me pensara que era de noche.

Cuando se acababa el cole, hasta que llegaba la hora de salir a la calle a jugar, sin peligro cierto de lipotimia, si conseguías que te dejaran de dar la lata con lo de la siesta,  una vez hechos los deberes del libro de Santillana: "Vacaciones de Verano" (menuda ironía), podías dedicarte a los recortables, jugar con las muñecas (según la edad) o a bordar, que quedaba muy fino y muy de señorita de merecer.

Mis veranos no eran de salir a la masía familiar, como tanta envidia me dieron años después, la docena de nietos de la serie "Abuela de Verano", esa estupenda serie española, que sólo debimos ver mi santo, la señora madre del  productor y yo, a juzgar por el share que tenía. 




Mis veranos eran de fugaces salidas de ida y vuelta un par de veces al mes al río del cercano pueblo de mi padre, de agua tan fría que te dolían las piernas varios días después.
Días de campo, de tortilla de patatas, filetes empanados y pimientos verdes fritos, ensaladas de tomate y pepino y postres con sandía. Salidas al campo donde te embadurnaban con Nivea para que no te quemaras con el sol (y te abrasabas igualmente) y de regreso a casa al anochecer, agotada. Y que siempre terminaban de la misma forma: bebiendo antes de dormir un gran vaso con mucho azúcar, para contrarestar las agujetas (o  para matarte de un coma insulínico, vete tu a saber), agujetas que inevitablemente terminabas por tener, de tanto luchar contra la corriente del gélido río.

Los veranos de mi infancia e inicio de adolescencia, también lo fueron de escapadas culturales por alguna provincia limítrofe a la capital del reino, escapadas de un sólo día en las que no me libraba de soportar el mal genio de mi hermana y el sopor que me producía la monótona letanía de algunos guías de los monumentos visitados, la incomodidad del calor en los desplazamientos, la música del radiocasette del coche de mi padre y otros males menores.

Veranos largos, aburridos, sin emociones, sin nada interesante que contar a la vuelta a clase. Veranos de libros, muchos libros y de los más variado, de series de televisión, de música y de creciente imaginación. Demasiada a veces.


Veranos de contenida rebeldía, veranos de heredar vestidos floreados, por ser la menor. Veranos en los que te ibas librando de la ropa, de poder llevar manga corta y verte los codos, Días de calor, de jugar al truque o a la goma, sola, en el pasillo de casa. 


Veranos, en su inmensa mayoría sin la compañía de mis amigas del colegio, que veraneaban en los pueblos respectivos de sus padres. ¡¡¡esto de no tener casa en el pueblo era muy triste!!!. 

3 comentarios:

  1. Si esos dias de ir a la casa de campo con la torilla y todo eso que comentas. Lo que más recuerdota son aquellos días, que como en la profesion de tu padre, como en la mío, habia un dia entresemana de libranza. Ese día era para el pantano de San Juan, con los abuelos y la mesa con las sillas.
    Aunquee sin duda me quedo con los veranos de la adolescencia en el pueblo (bueno ciudad de Toledo, no vaya a ser que...) con mis primas saliendo de noche sin hora y entrando por la ventana del cuarto para que mamá no nos pillara (que siempre lo hacia) y nos decía "perronas, que sois unas perronas, que horas osn esta de llegar", jajaja.

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    1. Bueno, bueno, esa parte de las salidas nocturnas no me la habías contado ¿hace unas cervecitas fresquitas y me lo cuentas?
      Besos.

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    2. Bueno a lo mejor tienen que ser zumos o coca colas...

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