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martes, 10 de julio de 2012

Paláh.

Domingo de julio a la hora del vermut y con las llaves del coche en la mano barajo varias opciones:

a) A misa de 12 ya no llego. Pobre "hermanita campanera" tampoco ha llegado el momento de ponerte cara, ¡Otra vez será, hija mía, tan sólo eres una oveja descarriada más!.
b) Dirección sur y hasta que el cuerpo aguante. Con música de Revolver para amenizar el viaje. Tentador, pero no es el momento.
c) Ir de vivero. ¡¡Si!!, tengo que reponer espécimenes caídos en guerras perdidas, contra plagas implacables. Una vueltecita para despejarme un poco y esta tarde podaré los papiros, que me están pidiendo a gritos que les meta mano.

Me agobian un poco los perfectos macro-centros de jardinería que proliferan en los límites de la capital de reino. Economatos de belleza encorsetada, caros, llenos de gente (a veces te encuentras con viejos amigos y eso tiene su encanto), pero hoy no, necesito meditar al arrullo de los olivos.

Me voy a mi vivero favorito, por lo cercano, los recios y concisos consejos del hijo del dueño, sus precios y su paz.

Glorioso, sin más. Llego, aparco a la sombra, cierro el coche. Vuelvo abrir. Me he dejado el bolso dentro. ¡Que cabeza tienes hoy, bo-ni-ta! ¿con qué pensabas pagar? ¿con tu sentido del humor? , eso no es moneda de cambio. Repasas mentalmente si no te has olvidado de nada más en casa. Como no te fías ni de ti, miras dentro: "Si, llevas la tarjeta de crédito y además algo de efectivo. Tampoco necesitas gran cosa, será cosa de poco!, Ja, si, jaja, como siempre".

Glorioso de nuevo. Sólo hay una parejita eligiendo trepadoras. ¡Incautos! os invadirán antes de que os deis cuenta. Hibiscus de bellas flores...

El resto del vivero es sólo para mi. Sólo mio.

Me paseo por sus diferentes secciones. Lo tengo claro: nada de enanitos de piedra, Blancanieves sedentes, parejas de niños, dándose besos eternos, como eterna es la piedra que los alberga.

Glorioso silencio. Sólo roto con mis decididos pasos sobre el suelo de madera del área de plantas de interior. Encima de mi, los pájaros pugnan por abrirse hueco entre el  imperfecto techo del invernadero acristalado.

Huelo con frenética pasión. Es una delicia. Todas esas plantas me miran y suplican: "Llévame contigo a casa, quiero formar parte también de tu vida". Eligo una magnífica violeta africana. "Si,  preciosa, te vendrás a vivir a mi salón, con tus hojas carnosas y tus flores de terciopelo. Me deleitaré en tu belleza serena".



La albahaca recibirá con su aroma al que llegue, porque irá a la entrada de casa, acogida entre la rocalla, protegida del sol: "para que no te abrases, pequeña".

Unos cuantos geranios. Blancos, no podían ser se otra manera. Vamos a darle otra oportunidad al ebonibus, quizás resista junto a su compañero.

¡Cuanta paz, cuanto silencio! Sólo el sonido de los goteros. El aire moviendo las palmeras. La cigarra cantando y el balido de las ovejas de la finca cercana, con el coro de gallos, para que no falte de nada.

"Venga, vuelve al día día". Sólo ha sido un oasis en medio de la llanura castellana. "Vuelve a casa. Planta vida. Dota de color el gris del solitario atardecer. Distribuye, planta, riega. Da la única vida que puedes dar ya".

A la vuelta paro para dar de comer a mi amigo. Cinco jóvenes salen de un Focus azul oscuro, llevan cara de cansancio mezclada al 50% con la risa. Pantalones vaqueros cortos, camiseta blanca y pañuelo rojo al cuello. Me miran. Les miro divertida. Ya se de donde vuelven. Se lo que han estado haciendo a las 8 de la mañana.
¡Gora San Fermín!

2 comentarios:

  1. Ésa opción no la habías barajado, aunque la que elegiste finalmente no ha podido dar mejores resultados. Por cierto, ¿sabes que si metes paláh en Google sale tu blog? Curiosa coincidencia :)
    Un abrazo guapa.

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  2. Al final me lo pasé estupendamente plantando. Y las coincidencias no existen.
    Besos a raudales :)

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