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domingo, 26 de febrero de 2012

Tocando el cielo.

Hace unos días me invadió la nostalgia por experiencias vividas que ahora me encantarían revivir. El desencadenante de la añoranza fue simple: cuando voy al trabajo por las mañanas, paso cerca de un aeródromo, del que a veces, al alba, despegan los helicópteros de la DGT, para el control de tráfico.


Uno de ellos justo estaba despegando en ese momento y pasó tan bajo, que se podía ver el rotor y las palas y aunque para muchos conductores sea la amenaza de una posible multa, para mi fue el motivo para recordar uno de mis más extraños sueños cumplidos: volar en helicóptero.


Hay gente que su sueño perfecto es fundir una tarjeta de crédito en tiendas de lujo a lo "Pretty Woman", viajar a una playa exótica, conocer en persona a su ídolo musical o llenar el armario de "Manolos" (Blahnik). Pero yo soy rara, muy rara y tengo desde muy pequeña varias cosas claras: una de ellas es que tarde lo que tarde, si quiero hacer algo (y sólo depende de mi esfuerzo y de mi ilusión) lo termino haciendo. No se si es por cabezonería o por perseverancia, pero al final lo consigo.


A los 8 años decidí que quería volar en helicóptero y unas cuántas décadas después lo hice. Fue un vuelo corto, sobre Manhattan y el Hudson, pero cada vez que lo rememoro, siento la adrenalina brotando en mi estómago en el momento del despegue y mis retinas intentando atesorar cada detalle para guardarlo como el mejor tesoro encontrado tras años de búsqueda.


Cuando estaba en el aire, en lugar de pensar que tenía el centro del mundo a mis pies, lo que pensaba era que tenía la oportunidad de ver una ciudad con la sencillez con la que la puede ver un pájaro.


Han pasado algunos años desde ese día, el último día del viaje a N.Y., antes de cruzar el Atlántico y volver a casa, con varios carretes de fotos en blanco y negro en la maleta, el sello de otra aduana en el pasaporte y con la sensación en el corazón de haber finalizado una etapa en mi vida y estar preparada para la siguiente.


Con las imágenes de los imponentes rascacielos ante mi, como si ahora mismo estuviera de nuevo en el aire frente a ellos, pienso que lo importante no son sólo coleccionar experiencias a lo largo de la vida, sino saber vivir cada una de ellas con el máximo de intensidad que te permita el corazón, porque eso es lo que mayor huella deja en el recuerdo.


Da igual que acudas a la fiesta más increíble, que viajes al fin del mundo buscando un paraíso o que simplemente estés dando un paseo por la tarde al lado de un río. Nada de lo que se vive merece realmente la pena, si vives con el alma anestesiada, por la tristeza o por el miedo. 


De poco sirve vivir, si no se vive cada instante con pasión verdadera, cada emoción, cada dolor, cada sentimiento, con la mayor profundidad que sea posible.

3 comentarios:

  1. Qué preciosidad, y qué razón tienes...como siempre. Me encanta ese aeródromo. Está ligado a un montón de recuerdos de mi infancia. ¿Sabes que se puede visitar el primer domingo de cada mes para ver su exhibición aérea? Es un buen plan para ir con peques (y no tan peques). Un besito grande y feliz semana, la mía comienza leyendo estas maravillas que escribes, así que intuyo que va a ir fenomenal. Besitos gordos.

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  2. Siiii, en el "Museo de la Aviación" tienen auténticas joyas que aún hoy en día son capaces de volar. En algunos se que te puedes subir. Pues nada, cuando queráis quedamos para ir con los peques, pero no se yo si el "tete" dejara algo sin tocar o sin romper, ja-ja.
    Bss.

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  3. Siiii, en el "Museo de la Aviación" tienen auténticas joyas que aún hoy en día son capaces de volar. En algunos se que te puedes subir. Pues nada, cuando queráis quedamos para ir con los peques, pero no se yo si el "tete" dejara algo sin tocar o sin romper, ja-ja.
    Bss.

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