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miércoles, 14 de noviembre de 2012

Chimenea.

Sábado por la mañana. Abro la ventana de la habitación  aletea mi nariz percibiendo el olor a leña quemada. 
Con la llegada del frío, los fines de semana se encienden las chimeneas. Olor a madera, olor a antiguo, a pueblo de Castilla. Olor a calidez de hogar.
Cierro los ojos y me transporto frente a mi imaginaria chimenea encendida. La del eterno fuego chispeante.
Sentada frente a él, rememoro la ancestral atracción del ser humano por el fuego, por dominarle.
Vida y destrucción en comunión perpetua. Calor frente al frío. Luz frente a la oscuridad.
Me imagino en mi cueva virtual, encerrada, ajena al resto del gélido mundo.
Fuera, el frío, la nieve, el viento. Dentro, yo, acurrucada frente al calor de la chimenea, envuelta en amplio arrullo de lana, tacto suave, muy suave, que se desprende lentamente, sin prisas.
Pasan las horas, el fuego y las llamas no paran. Al contrario, se incrementan. No cesan. No ceden. No cambian. Pero a la vez, si se transforman. Van quemando el tiempo. Y el aire de mis pulmones ayuda a revivir esa llama constante.
Giro lentamente mi cabeza. Miro la ventana que tengo a mi espalda. La última luz del día, previa al anochecer proyecta sus haces sobre el muro. Suspiro y vuelta a las llamas.
Nada pasa, todo sucede, pero ese todo está ahí fuera. Y yo estoy aquí dentro, a cubierto del daño. Protegida. Cálida.
Ha transcurrido la tarde. Se ha adueñado la noche de mi cuerpo. Primero sentada, luego tendida en el suelo. Frente a mi, la chimenea.




Entorno los ojos primero, después los cierro. Y duermo. Y sueño.
Sueño con días de invierno. Con largos paseos por el campo que terminan siempre con vuelta a casa.
Con días y noches de leña de encina en continua consumición. El olor de la madera de pino, distinto, diferente al olor de la madera de cerezo silvestre. Ni siquiera sus llamas son las mismas llamas, nunca arde igual si la madera es diferente. Esos matices de luz, esos matices en el olor a humo que se cuela dentro, que queda en perpetuo grabado.
Sueño con cenizas, en brasas de constante resurgir. Una y otra vez, alimentadas por la esperanza del día a día.

4 comentarios:

  1. Mis recuerdos frente a una chimenea son en el campo, con mucho frío, se hace el cocido de mi abuela desde las 7 de la mañana. Que rico huele, ya hablamos sobre los olores de la infancia no se olvidan nunca :)

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  2. Hay varias chimeneas en mi recuerdo, pero las que mejor recuerdo son las de la infancia.
    Besos.

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  3. Jooo, qué me gustan las chimeneas!!!
    Recuerdo que mis abuelos, tenían hasta hace unos años uno de esos hornos de cabrón en el que se cocinaba, se calentaba la casa y se hacía la vida entorno a él, me encantaba ponerme al lado y ver como el negro carbón se volvía rojo resplandeciente y el calor que salía te dolía incluso.

    Luego mis papis se compraron un chalet y los inviernos también eran pegados a la chimenea, comentando mil tonterías, diciendo que saltaban chispitas y quemaban el parquet o la alfombra.

    Ahora, me gusta asomarme a la ventana de mi latita de sardinas en Sevilla y oler, porque, de vez en cuando huele a leña, no sé de dónde viene, pero huele y me meto en la burbuja que me lleva directa a esos años de niñez.

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  4. Jo, es que esos olores a madera quemada, a carbón, se meten en el recuerdo y te hacen respirar más profundamente, para llenar los pulmones de ese olor de años pasados.
    Un beso.

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