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miércoles, 28 de noviembre de 2012

En mi propia burbuja.

Un día entre semana de cualquier semana en las que anochece antes que las ganas de irse a casa. Miro y pienso con cierto sarcasmo que es ¡¡¡Mentira!!!! si leo en un cartel de tráfico que engaña diciendo: 
"TODAS DIRECCIONES".
Un error en el carril en que te colocas y ya no puedes ir a donde querías llegar. 
Los coches tienen prisa por llevar a sus ocupantes a casa, se está haciendo tarde, ya hay ganas de pantuflas y mando de la tele. Ya apetece desmaquillarse y quitarse el unifore de chica responsable, despojarse de la ropa y sentir la comodidad de un suave roce de lana sobre la espalda desnuda.
Quiero volver a caminar descalza sobre la madera. Necesito tener libres también mis pies. Quiero soltar el bolso que lleva una tonelada de absurdeces dentro y quiero hidratar mi seco cuerpo.
Propósito de enmienda: tengo que beber mucha más agua.

El tic-tac me abruma. Menos mal que mi propósito de enmienda empieza a partir de mañana, sino, ahora tendría un serio problema de logística. Estoy metida en un atasco. 


Hasta donde se pierde mi vista veo luces rojas que me preceden, varios kilómetros de coches delante del mio, taponando el asfalto.
Subo la música y canto, para que no pueda escuchar a mis pensamientos. Quiero que la voz que oigo constante en mi se calle por hoy. Quiero que se dedique a cantarle a mi ánimo. Sin pensar en nada más por el momento. Sin revivir los nervios y el ajetreo de un día diferente.
Miro a mi derecha y otro habitante del planeta me devuelve la mirada de hastío que yo también debo proyectar.
Miro a mi izquierda y una pareja, con caras de reproche mutuo, me dan una pena inmensa. Para eso, mejor viajar sola. Aquí, aislada entre tanta gente me siento en mi propia pecera. Calentita dentro, mientras que fuera, casi hiela.
Avanzo unos metros. La luna llena me mira desde lo alto. Seguro que piensa que somos tontos por perder nuestro precioso tiempo en ir de un lado al otro, atravesando medio mundo, para ir al trabajo, para volver a casa.
Al menos hay un sitio al que ir. Al menos hay un sitio al que volver.
Avanzo un poco más. Un camionero, desde lo alto de su torre, mira a lo lejos resignado. Muchas horas, muchos kilómetros por delante, muchos ya a sus espaldas. Como un caracol con su universo a cuestas.
Un impaciente trata de ganar un espacio delante de mi. Le dejo. ¡Qué más da!. También va a tener que frenar como yo, en breve.
Pienso en la alfombra de luces rojas que ven mis cansados ojos. Parecen luces navideñas. Al fondo, la nota discordante de unas luces azules (el origen del retraso). Pienso en cuanta gente estamos solas demasiadas horas al día, sin más compañía que nosotros mismos enfrentándonos a nuestros fantasmas. A las preocupaciones que viven con nosotros a cuestas, a la evocación de cosas maravillosas en silencio, a la última bronca vivida, a lo que nos espera cuando lleguemos a nuestro destino.
Me recreo planificando lo que voy a hacer cuando llegue. Me recreo recordando parte de lo vivido. Me adelanto en el espacio y en el tiempo y ya estoy haciendo la última maniobra del día.
Pero, no debo perderme en ensoñaciones, el cansancio hace que tenga vida propia mi imaginación. No, aún no he llegado. Aún queda un rato.
Trato de estirar mis músculos agarrotados, sin apenas mover un milímetro de mi cuerpo. La espalda me está matando. Se me empieza a dormir un pie. Un bostezo y mis ojos se empañan.
Freno de mano. Cambio de música. Sigo casi parada.
Miro las casas que hay a mi alrededor. Veo las luces que hay dentro. La gente preparando la cena en su cocina, con las persianas levantadas. La vida de otros que me dejan ver parte de su vida cotidiana. Las luces de sus habitaciones me recuerdan que hubo un momento que tener eso era lo único que anhelaba. Tener vida propia. Independencia. Una casa. Dar a la llave de la luz e iluminar mi propia estancia.
¡Estoy tan cansada!
Poco a poco me acerco. Ya no falta casi nada. Se despeja un poco el tráfico. Imprimo velocidad a mi prisa.  Me desvío en mi salida. Me adentro sola en un tramo de oscuridad obscena. El resplandor de las luces queda un poco lejos. El cielo despejado me regala miles de estrellas para mi sola.
Por fin estoy llegando a mi pueblo. La luz artificial se abre paso ante mi mirada. Un poco más y ya llegas. 
Abro el garaje. 
Paro el motor.
Por fin he llegado.

8 comentarios:

  1. Qué bien sabe ese regreso después de esos días que parecen no tener fin, sobre todo si es a un hogar lleno de tanto amor como el tuyo.
    Un abrazo.

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    1. Lo mejor es desprenderse de todo al llegar a casa y dejar atrás un día largo, muy largo.
      Bss

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  2. Me ha encantado. Sin haberte leido yo también he escrito un post sobre la prisa que llevamos todo el día.

    Pero el tuyo mucho mejor. Donde vamos a parar!!!

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    1. Si es que lo de las prisas nos trae de cabeza a muchos ¿verdad?
      Un besito.

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  3. A veces cuando estoy fuera de la ciudad, la gente te pregunta ¿por qué tenéis siempre tanta prisa?, la verdad yo creo que es eso, la falta de ese tiempo, tiempo para disfrutar de las cosas que mis gustan y lo corto que es el día, parece más pequeño y pasar más deprisa en la ciudad.
    Siempre he pensado que Madrid sería perfecto sin los atascos, pero entonces no sería Madrid y no apreciaríamos el tiempo que tenemos.
    Un beso

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  4. Antes por lo menos en agosto en Madrid se estaba fenomenal, pero ahora los veranos ya no son lo que eran ¿verdad?

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  5. El tráfico de la capital si que pone los pelos de punta. Rara es la semana que no veo un par de accidentes, alguno muy grave y te pones a pensar en la suerte que tienes de llegar sana y salva a casa.

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