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jueves, 15 de noviembre de 2012

La caja de galletas.

Hay una caja de galletas llena de fotos en blanco y negro. Una caja que sigue guardando como un tesoro dulce, fotos de quien ya no está. Fotos en blanco y negro. Fotos de quien llegué a conocer, pero tengo aún vagos recuerdos cosidos en el tiempo de la memoria. Gente con la que nunca coincidí en el tiempo, pero que forman parte de mi historia.
Mi particular caja de galletas no tiene fechas, no tiene nombres. El tiempo ha hecho que se borren los recuerdos, que no sea capaz ya identificar a muchos de sus protagonistas.
Gente que vivió, amó y odió a partes iguales. Gente con aspiraciones en la vida, con ilusiones y con desencantos. Personas que trabajaron muy duro, que sufrieron y que también rieron y lloraron.
Son desenfocados testigos de la vida en un momento y en un lugar determinado. Imágenes de casas, de paisajes, de enseres, muchos de ellos que ya no existen. Porque el tiempo ya los ha arrasado.
En todas las casas con desván deben de albergarse cajas de galletas como la mía, estoy segura. También en los altillos de los armarios, como mudas presencias de lo que ya no está presente.


Envueltos como tesoros del pasado. Olvidados en la marea de lo diario. Hasta que un día, abres las puertas y te vuelves a topar con esa parte de tu familia.
Miradas tristes, miradas alegres. Miradas de sueños ya caducados. Niños que ya no son tales. Abuelos que hace tiempo dejaron de escribir cartas desde el pueblo.
Cuando yo pase, cuando ya no sea ni siquiera historia ¿Irán mis fotos también a la caja de galletas del desván de la vida? ¿alguien guardará mis recuerdos? ¿quién guardará mi imagen?
Si no puedo dejar de escribir, porque mi mente no descansa en el silencio y habla y hablar sin parar y esas palabras tienen que cobrar vida, porque no puedo dejarlas morir ni caer en el vacío del olvido, ¿se guardará por mucho tiempo los cambios que de mi aspecto va haciendo ese mismo tiempo?
Cojo una al azar, están desordenadas. ¿Quién es quien me mira con esos ojos mudos?
Son retazos de comidas campestres, de reuniones de extensa familia. Instantáneas del día a día. Fotos de camisa de cuadros y bota de vino peleón. Fotos de bodas, bautizos y comuniones.
Algunas son lo único que queda y cuando se pierdan, se perderá todo.
Mientras yo las tenga, estarán a salvo. De vez en cuando cobran vida, vuelven a la luz. Cuando cierro su tapa, vuelven al silencio del pasado.
No son más que papel. Raros tesoros sin precio. Tesoros que no son tales, porque mi caja de galletas no existe.


2 comentarios:

  1. De algún modo existe esa caja de galletas, ya que te ha inspirado esta preciosa reflexión.
    A mi me está llegando a asustar esos recuerdos que se me difuminan o están llegando a desaparecer. Menos mal que la caja de galletas la tiene guardada mi madre a buen recaudo y es curioso yo tengo una caja de zapatos llena hasta que llegó la foto digital, que pena, ya no es lo mismo.

    Besotes.

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  2. Yo sigo siendo una nostálgica de la foto en papel. Aunque en mi último viaje al extranjero ya me costó encontrar un laboratorio que siguiera revelando fotos en blanco y negro. Desde que todo es digital, es verdad que ya no es lo mismo. Hemos sustituido la caja de galletas por el disco duro.
    Besos Mar.

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